La líder de la oposición política al régimen imperante en Venezuela, María Corina Machado, no sólo renunció a su candidatura presidencial ganada en primarias abiertas pero proscrita por Nicolás Maduro, sino consiguió trasladar a Edmundo González Urrutia todo su bagaje electoral y ganar una elección sin precedentes.

El mundo occidental salió a las calles masivamente el sábado 17 de agosto, a un mes de los comicios del 28 de julio en Venezuela. A la diáspora venezolana, estimada en 7,7 millones de personas que decidieron buscar otro horizonte fuera de su país durante 25 años desde la implantación del chavismo en el Estado instalado centralmente en Caracas, se sumaron las nacionalidades que los han recibido brindándoles un lugar en libertad.

Para muchos el Helicoide, destino de miles de presos políticos condenados a la tortura y a vejámenes propios de dictaduras, se tornó una pesadilla posible por el sólo hecho de disentir con el chavismo. La democracia en Venezuela se tornó un riesgo de vida tanto para la libertad de expresión como para el desarrollo individual de cientos de miles de profesionales y ciudadanos que quedaron sin trabajo o sometidos a las migajas de los despilfarros de uno de los países más ricos en recursos naturales del mundo.

María Corina, en 2010, fue electa diputada por el Estado de Miranda con la mayor votación y desde entonces no ha parado de hacer política sin salir de Venezuela (también le prohibieron los viajes al exterior) hasta lograr su cometido de devolverle la paz, la democracia y la libertad.

Es célebre aquella interpelación de la ingeniera industrial y diputada María Corina Machado al presidente Hugo Chávez en el Congreso venezolano en 2012, pidiéndole debate público sobre las expropiaciones o el robo de las propiedades privadas: «Expropiar es robar», le espetó. Él le contestó delante de todos los parlamentarios con la soberbia y el sarcasmo que lo caracterizaban pero también con el enojo que debió producirle el valor insolente de la diputada tras escucharlo 9 horas discurseando: «Me has llamado ladrón en público, pero no te voy a responder porque águila no caza mosca. No estás a mi altura para hablar conmigo, si ganas las primarias debatiremos”.

Cuatro años después, María Corina Machado no tendría ningún tapujo en comunicar públicamente cuál era su idea política para vencer al régimen por la vía democrática.

Durante el gobierno chavista, pronto a cumplir 27 años en el poder, varios opositores lideraron proyectos políticos y participaron de diferentes maneras (incluso decidiendo una vez no presentarse) en las múltiples elecciones organizadas por el oficialismo de tal manera que fuera prácticamente imposible conseguir otro resultado que el registrado por el poder.

Todos esos fracasos dejaron a María Corina el espacio libre para continuar el plan diseñado que no abandonó. Debía enfrentar esta vez también la anomia y la frustración generalizada en el pueblo venezolano, tras tantos intentos fallidos bajo otros liderazgos.

Le prohibieron viajar en avión. La proscribieron de ser la candidata de la oposición unificada a la Presidencia, así hubiera ganado las internas libres. Le persiguieron y encarcelaron a sus colaboradores más estrechos, sus equipos de campaña. Nada la arredró. Recorrió día a día todo el país, acompañada por la gente que salía a su paso. Lo recorrió en vehículos prestados, en motocicleta, en bote, en lo que estuviera a su alcance. Llevó un mensaje de paz y de esperanza de cambiar el estado de cosas y de lo imprescindible que sería la participación de todos y cada uno de los venezolanos, por sí mismos y por las familias y los amigos que debieron irse. Caló hondo. Logró lo imposible y fue contagiar su palabra honesta y firme, su imagen cuidada y sin estridencias, su presencia permanente en uno y otro lado, su don de mando con el estilo de una madre, de una compañera, de una profesional, de una hija, de una hermana, de una amiga, de una política íntegra.

Así se mostró y así los venezolanos la abrazaron volviendo a confiar en que el cambio era posible.

La red de comanditos, como ella los bautizó, esa red de venezolanos comunes que decidieron aprender y participar para ganar, fue fundamental para la victoria del 28 de julio. Una victoria que pocos creíamos posible porque a última hora no sólo que ella no fue la candidata sino que el candidato electo era poco popular y en política es muy difícil traspasar la confianza electoral y volcarla al voto. María Corina hizo lo suyo y el pueblo venezolano hizo su parte. Al finalizar la jornada electoral, cada comandito consiguió copia oficial del acta de recuento de votos de su mesa. Pasados un par de días, la oposición tenía el 60% de las actas y días después el 85%: Las publicaron una a una en su plataforma virtual, escaneadas y ordenadas mesa por mesa, recinto por recinto, localidad por localidad. Los resultados eran contundentes y hoy Venezuela no solo celebra la victoria arrasadora de Edmundo y María Corina, sino que sigue en la calle y en las actividades que de acuerdo a la estrategia de hace 16 años, se cumple cada una en su momento y como dice la mayor líder política de nuestro tiempo: Es hasta cobrar y hasta el final.

Por Gabriela Ichaso Elcuaz.


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