En las últimas décadas el concepto de woke, surgido como una alerta frente a las injusticias sociales, se convirtió en un pilar del debate cultural contemporáneo. Desde su resurgimiento durante el movimiento Black Lives Matter hasta su adopción masiva en el ámbito corporativo, la cultura woke definió valores progresistas en una sociedad cada vez más polarizada. Sin embargo, al cierre de 2024, este movimiento enfrenta un declive que no solo expone sus propias contradicciones, sino que también abre espacio para un resurgimiento del conservadurismo.

El término «woke», que originalmente significaba estar alerta a las desigualdades, evolucionó hasta abarcar un espectro más amplio. Abarcó desde la equidad racial hasta el feminismo, los derechos LGBTQ+ y la sostenibilidad ambiental. Este movimiento, en esencia, buscaba dar voz a los invisibilizados y rectificar décadas de exclusión. Pero lo que comenzó como una herramienta emancipadora rápidamente degeneró en una metodología coercitiva.

La cancelación, emblema de la cultura woke, reflejó este cambio. Lo que inicialmente se interpretó como una forma legítima de protesta contra figuras y entidades que promovían discursos nocivos, se transformó en un mecanismo punitivo. En lugar de generar diálogo, cerró espacios para la discrepancia, desdibujando los matices de las interacciones humanas. Empresas y personajes públicos, desde grandes corporaciones como Disney hasta líderes políticos, fueron arrastrados por una ola de censura que los críticos consideran desproporcionada.

Un ejemplo emblemático de este declive es la decisión de Walmart, junto a otras grandes empresas como Harley-Davidson y John Deere, de desmantelar programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI). Estas políticas, impulsadas tras las protestas por la muerte de George Floyd, representaron un compromiso simbólico con los valores woke. Sin embargo, en un contexto de creciente crítica conservadora, dichas iniciativas fueron eliminadas en favor de un enfoque que enfatiza la «pertenencia» sobre la diversidad explícita.

La presión política jugó un papel crucial. Figuras como Donald Trump y activistas como Robby Starbuck presentaron al wokeismo como una amenaza al ethos americano, calificando sus principios como «imposición ideológica». Mientras tanto, un fallo de la Corte Suprema en 2023 contra la discriminación positiva exacerbó esta narrativa, consolidando la percepción de que las políticas DEI eran excesivas. 

El declive woke no puede entenderse sin analizar el resurgimiento conservador que lo acompaña. Este movimiento no solo ha capitalizado el descontento social frente a la saturación woke, sino que también ha redibujado los parámetros del debate público. Líderes conservadores han introducido un discurso que apela a los «valores tradicionales», prometiendo estabilidad frente a un progresismo percibido como divisivo. 

Este resurgimiento también ha adoptado estrategias menos ideológicas. Walmart, por ejemplo, ha reemplazado el cargo de «director de diversidad» por «director de pertenencia», señalando un esfuerzo por mantener algunos principios inclusivos sin la carga política asociada al término woke. Esto sugiere que el conservadurismo no busca destruir la diversidad, sino reformularla en términos más aceptables para el ciudadano medio.

La pregunta subyacente a este debate es si el péndulo cultural puede encontrar un punto medio. La cultura woke falló en reconocer que el cambio social requiere diálogo y empatía, no coerción. Por su parte, el conservadurismo corre el riesgo de minimizar las voces que históricamente lucharon por ser escuchadas.

El declive woke no es el fin del progresismo, sino una oportunidad para repensar sus estrategias. Mientras el conservadurismo busca consolidar su narrativa, el verdadero desafío para ambas corrientes será evitar que el péndulo siga oscilando entre extremos. Quizás la respuesta radique en un nuevo paradigma que integre la justicia social con un respeto genuino por las diferencias de pensamiento.

En este giro de la historia cultural, lo woke no está completamente muerto, ni el conservadurismo es una panacea. Lo que está en juego es el alma misma del debate público y nuestra capacidad de construir un espacio común donde el progreso no sea una imposición, sino una conversación.

Por Mauricio Jaime Goio.


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