En la primera mitad del siglo XIX, Thomas Malthus planteó que el crecimiento poblacional estaba destinado a superar la capacidad de la Tierra para producir recursos suficientes. Su sombrío pronóstico sobre hambrunas y crisis sociales se ha desvanecido en el tiempo, pero su esencia persiste al observar cómo las transformaciones demográficas modernas redefinen las relaciones entre población y recursos. Hoy es el envejecimiento de la población y las bajas tasas de natalidad lo que define la forma de visualizar el problema demográfico.

En países como Japón y Corea del Sur, el concepto de «sociedad superenvejecida» es una realidad. Allí, más del 20% de la población supera los 65 años, y las tasas de fertilidad se desploman a cifras alarmantes. Los nacimientos ya no equilibran las defunciones. Si Malthus viviera hoy, su teoría seguro que daría un giro hacia un espectro donde el desafío no es el exceso de población, sino su distribución desigual y los costos económicos, sociales y culturales de sostenerla.

En el imaginario colectivo, la tercera edad ha sido tradicionalmente retratada como una etapa de dependencia. Pero en un mundo donde la esperanza de vida supera los 80 años, este grupo demográfico se erige como un pilar de experiencia y resiliencia, que aún tiene mucho que contribuir en la construcción de futuro. Desde una perspectiva cultural, el envejecimiento plantea preguntas profundas acerca de cómo las sociedades valoran su aporte a la memoria y la construcción de comunidad.

En culturas latinoamericanas, por ejemplo, el concepto del abuelo sabio ha sido central en las estructuras familiares. Sin embargo, la urbanización y la globalización han diluido estas dinámicas. El reto ahora es reconstruir esos vínculos intergeneracionales en un contexto donde los adultos mayores no solo son guardianes de la memoria, sino también agentes activos en sus comunidades.

El modelo  de corresidencia, como el cohousing, muestran que la tercera edad puede trascender su papel pasivo. Estas comunidades organizadas, donde los residentes comparten espacios y recursos, no solo reducen el aislamiento, sino que también fomentan la solidaridad intergeneracional. En países como Dinamarca, estos espacios integran la sostenibilidad ambiental, demostrando que las soluciones demográficas y ecológicas pueden entrelazarse en una narrativa de progreso inclusivo.

El envejecimiento se plantea como una paradoja. Aunque el planeta parece menos poblado en términos de nacimientos, las demandas sobre recursos crecen, impulsadas por un aumento en la longevidad y la dependencia a los sistemas de salud y cuidado. La tecnología, en este caso, emerge como una respuesta inesperada. Innovaciones como sensores portátiles, robótica de asistencia y plataformas digitales permiten que las personas mayores vivan de manera más independiente y activa. En Japón, robots acompañantes ya son comunes en hogares y residencias, un testimonio de cómo la humanidad reconfigura sus herramientas para adaptarse al cambio demográfico.

A pesar de que nos impresiona, el verdadero desafío no está en la tecnología misma, sino en cómo se utiliza para reintegrar a la tercera edad en el tejido social. Las comunidades que logran empoderar a los adultos mayores a través de iniciativas educativas, laborales o culturales no solo resuelven problemas de sostenibilidad, sino que también desafían las narrativas de inutilidad asociadas a esta etapa de la vida.

Si el envejecimiento es el nuevo rostro de la revolución demográfica, la clave está en cómo logramos integrar este concepto en el entramado cultural. En despejar esa valoración de los adultos mayores como una carga para la sociedad. En países como Suecia, el concepto de «latte dads»—padres que se involucran activamente en la crianza de sus hijos—podría tener su equivalente en «latte grandparents«, abuelos que combinan su sabiduría con un papel activo en el hogar y la comunidad.

No cabe duda que la sostenibilidad social dependerá de nuestra capacidad para integrar a la tercera edad en los proyectos que definirán el futuro. Ya no se trata solo de aumentar la natalidad o detener la despoblación, sino de construir una sociedad donde cada generación encuentre su lugar. Insertar a los grupos de tercera edad constituirá una fuerza que impulse a las comunidades hacia una coexistencia más sostenible y culturalmente rica. Y quizás, en este proceso, redefinamos lo que significa ser humano en el siglo XXI.

Por Mauricio Jaime Goio.


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