Vivimos en un tiempo paradójico. Nunca antes habíamos contado con tantos medios para comunicarnos, y, sin embargo, la soledad se ha convertido en una epidemia silenciosa. La hiperconectividad no ha fortalecido nuestros vínculos. Por el contrario, ha creado un espejismo de compañía mientras las relaciones humanas se fragmentan en interacciones fugaces y efímeras. Esta desconexión emocional tiene consecuencias devastadoras, tanto en la salud mental como en la estructura social.
El fenómeno de la soledad es más evidente en Japón, donde el término kodokusha describe la muerte solitaria de miles de personas mayores que pasan semanas sin ser descubiertas. Milena Michiko Flašar, en su novela Los kodokusha, nos sumerge en esta realidad a través de los ojos de Suzu, una joven que limpia los apartamentos de estos fallecidos anónimos. Sin embargo, esta no es una problemática exclusiva de Japón. En Occidente, el aislamiento es igualmente preocupante. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha catalogado como un problema de salud pública, comparable en riesgo a enfermedades cardiovasculares o la obesidad.
La digitalización ha alterado la forma en que nos relacionamos. La cultura del ghosting, el individualismo promovido por las redes sociales y la falta de espacios comunitarios han generado sociedades donde las relaciones carecen de profundidad. En su afán por evitar el compromiso, muchas personas han convertido la comunicación en un trámite mecánico, sin la calidez ni el sentido de pertenencia que caracterizaban a las relaciones humanas en el pasado.
A nivel global, algunas naciones han comenzado a reaccionar. En 2018, el Reino Unido creó un Ministerio de la Soledad para enfrentar este problema, mientras que Japón hizo lo mismo en 2021. Estas iniciativas buscan contrarrestar el aislamiento con programas comunitarios, voluntariados y redes de apoyo. Sin embargo, no es solo responsabilidad de los gobiernos. El cambio debe comenzar en la sociedad misma.
Debemos replantear la forma en que construimos comunidad. La clave para combatir la soledad no radica en más dispositivos ni más conexiones virtuales, sino en redescubrir la importancia del encuentro cara a cara. Reforzar la vida vecinal, recuperar espacios de convivencia y fortalecer redes de apoyo son medidas urgentes. El ser humano es, por naturaleza, un ser social. Necesitamos el roce, la conversación y el contacto real para sobrevivir y prosperar.
En este sentido, es fundamental recuperar la cultura de la solidaridad. En las sociedades tradicionales, el concepto de comunidad era el pilar sobre el cual se edificaban las relaciones. Hoy, debemos preguntarnos si podemos retomar esa esencia en un mundo donde la velocidad y la eficiencia han reemplazado la calidez y el compromiso. La soledad no es un destino inevitable, sino una consecuencia de decisiones colectivas. El reto está en volver a mirarnos a los ojos, en entender que la verdadera conexión no se mide en likes, sino en la capacidad de estar, de escuchar y de compartir el tiempo con los demás.
Porque, al final, la soledad es una construcción social. Y así como la hemos generado, podemos desmantelarla.
Por Mauricio Jaime Goio.
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