A un año de su partida, evocamos a Ruber Carvalho y su narrativa poética, un enamorado por siempre de Santa Cruz, a propósito del mes de recordación de la independencia cruceña.

Por Ruber Carvalho Urey


A Santa Cruz, un día cualquiera,
para que sepan las gaviotas y las lluvias que te amo

Porque en las tejas coloniales de
tus techos nace la flor de pitajaya.

Porque llegué a tus aleros buscando un vaso de
agua para mi sed de peregrino y
me ofreciste la tinaja repleta de tus ríos.

Porque me diste un pedazo de tierra para
desenrollar mi estera de totora movima y
una sombra para mi descanso.

Porque tus horcones de madera tallada,
los balaustres de tus ventanas antiguas,
tus calles arenosas, tus patios con aljibes,
dejaron impresas sus huellas,
para siempre, en mis andares.

Porque en mi portabalayo mojeño guardo
la ternura de tu gente, tu cielo americano
color de mis mares interiores, tu acento
y tu sentir en una flor de belleza inigualable.

Porque en tus corredores la tertulia se hizo larga
y la merienda fue la pascana definitiva de
mis sueños trashumantes.

Porque siento en las manos de tu pueblo el calor
amigo con su llaneza sincera y transparente.

Porque acompaño tu creer y recojo tu esperanza en
la esperanza de mi hija que lleva
tu horizonte en sus pupilas.

Porque eres pampa y sol, verde y azul,
miel de mieles y noche de estrellas
con guitarras; alma de trasnochador impenitente.

Porque me gusta el sabor del achachairú,
la ambaiba y la guayaba,
y la espesura total del motoyoé, tu árbol mágico.

Porque tu carcajada resuena en el surazo y tu sonrisa
se hace un canto universal en los rostros
de belleza sin par de tus mujeres.

Porque eres un puerto imaginario; pero un puente
real entre los grandes mares de la tierra.
Aquí se encuentran los cuatro puntos
cardinales de la rosa que marca el rumbo
de los astros y del bohemio vagabundo.

Porque hablo tu lenguaje
y me nombro en tus sonidos.

Porque habito tus misterios
y conozco la pila bautismal de tus orígenes.

Porque en una losa escondida escribiré
mi último poema para que sea mi epitafio,
que señale donde duerma para siempre en el
frescor nocturno de tu arena, con olor a sal de
un mar lejano, recóndito y profundo.
Solo el mar en este meditar mediterráneo.

Por eso, porque tu modo de ser es mi costumbre,

¡Te amo, Santa Cruz!


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