No es un político profesional formado, viene de la calle, del barrio, de la rutina policial que le enseñó más de golpes que de libros. Su fama nació de un hartazgo que lo disparó el día en que denunció a un camarada corrupto y al sistema. Ahí nació el Lara que hoy conocemos, el que habla sin adornos, sin racionalizar, con esa brutalidad que irrita a unos y seduce a otros.
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