Los nuevos ministros encontraron cajones vacíos, computadoras sin archivos y escritorios despojados hasta de documentos básicos. Muchos despachos ni siquiera cumplieron con la obligación elemental de entregar informes de gestión, o lo hicieron en apenas cuatro hojas. Así terminó el ciclo político de quienes, fieles a su estilo, confundieron el Estado con un botín personal y el poder con una propiedad privada.
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