El correo electrónico, en su origen cotidiano, fue una tecnología sin estridencia. No exigía respuesta inmediata. Permitía las pausas. Uno podía demorarse horas, días incluso, antes de contestar, y esa demora no era interpretada como desinterés, sino como parte del ritmo normal de la conversación. Una espera que no generaba angustia.
Copia y pega esta URL en tu sitio WordPress para incrustarlo
Copia y pega este código en tu sitio para incrustarlo