La migración italiana a Estados Unidos, especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, es mucho más que una historia de esfuerzo y superación. Es también el relato de cómo el miedo social puede transformarse en discurso, la discriminación en sentido común y la mentira en herramienta política. Mirar ese pasado incómodo resulta hoy imprescindible para comprender cómo se fabrican los prejuicios y por qué, una y otra vez, resurgen bajo nuevas formas.
En todo el mundo va creciendo un movimiento de resistencia contra la inmigración. En distintos países, ese malestar se ha transformado en capital político y ha empujado a la primera línea del poder a fuerzas nacionalistas que prometen orden, fronteras y una identidad presuntamente amenazada. Italia no es la excepción. Giorgia Meloni llegó a la jefatura del gobierno sostenida, en parte, por un clima de desconfianza hacia las grandes corrientes migratorias que atraviesan el continente y por la sensación, cultivada con esmero, de que Europa está siendo desbordada por otros, por ajenos, por cuerpos extraños que desordenan y ponen en peligro la coherencia de un como nación que se busca preservar.
Lo que ese discurso omite, o prefiere olvidar, es que Italia fue, durante décadas, una fábrica de emigrantes. Entre finales del siglo XIX y el primer cuarto del XX, millones de italianos cruzaron el Atlántico rumbo a Estados Unidos empujados por el hambre, la falta de trabajo y la promesa de una vida menos dura. Allí no fueron recibidos como portadores de su rica cultura mediterránea, sino como una amenaza: pobres, católicos, de ojos y cabellos oscuros, sospechosos de criminalidad y de lealtades dudosas. La prensa los caricaturizó, la política los señaló y la sociedad los confinó a los márgenes. La historia, una vez más, parece complacerse en su ironía. Los descendientes de aquellos migrantes que suplicaban ser aceptados levantan hoy muros simbólicos contra quienes repiten, con otro acento y colorido, el mismo viaje desesperado.
La historia oficial suele narrar la integración italiana como un relato épico. El abuelo que llegó con lo puesto, el barrio que se transformó en Little Italy, la lenta conquista del sueño americano. Pero existe otra historia, menos cómoda y más vigente, que rara vez se cuenta con la misma nitidez. La de la discriminación, el miedo social y la fabricación sistemática de mentiras en torno al inmigrante.
Los italianos, especialmente los del sur, fueron vistos como una “raza inferior”, proclive al crimen y la violencia. La prensa de la época los caricaturizaba como ratas o mafiosos congénitos, y estos discursos circulaban con autoridad, reforzados por titulares y argumentos seudocientíficos. Lo que hoy llamamos noticias falsas ya operaba entonces, legitimando el rechazo y la exclusión.
Estas mentiras no surgieron de la nada. Estados Unidos vivía una transformación acelerada. Industrialización, crecimiento urbano descontrolado, tensiones laborales y miedo al desempleo. En ese contexto, el inmigrante se convirtió en la explicación simple para problemas complejos. Si faltaba trabajo, era porque “ellos” lo quitaban; si había crimen, era porque “ellos” lo traían. Eran una coartada narrativa.
La mentira política no solo falsifica datos, sino que construye sentido. No importa que las acusaciones sean contradictorias, porque su función no es describir la realidad, sino organizar el miedo colectivo. Y el miedo, cuando se vuelve masivo, es una fuerza política formidable. En 1891, once italianos fueron linchados en Nueva Orleans tras ser acusados, sin pruebas, del asesinato de un jefe policial. La prensa había preparado el terreno, deshumanizando a toda una comunidad.
Sin embargo, tenemos las cartas, fotografías y diarios que cuentan otra historia. Hablan de jornadas extenuantes, de ahorro obsesivo, de nostalgia por la tierra dejada atrás. Relatan aprendizaje, adaptación y pequeños triunfos cotidianos. Son testimonios que no niegan el conflicto, pero lo devuelven a su escala humana. Desde una perspectiva cultural, estas voces son esenciales. La historia oficial reduce la migración a cifras y porcentajes, pero la experiencia vivida es desarraigo, tensión identitaria y esfuerzo por seguir siendo alguien en un mundo que recuerda constantemente al inmigrante que, por mucho que se esfuerce, nunca pertenecerá del todo. Es en esta dimensión donde la mentira pública choca con la verdad íntima.
El presente nos enfrenta a una ironía que no podemos pasar por alto. Aquellos italianos, acusados de no integrarse, terminaron moldeando buena parte de la cultura estadounidense. En el trabajo, la gastronomía, la música y la vida urbana. El tiempo desmintió las mentiras, pero el daño ya estaba hecho y el mecanismo de exclusión quedó instalado.
Hoy cambia la etnia, pero la estructura del relato es la misma. Las redes sociales han acelerado lo que antes hacía la prensa amarilla. Amplificar el miedo, simplificar al otro y convertir casos aislados en identidades colectivas. La noticia falsa no busca convencer racionalmente, sino confirmar prejuicios previos y ofrecer la ilusión de orden en un mundo incierto.
Mirar a los italianos de ayer no es mero ejercicio de nostalgia multicultural. Es recordarnos como muchas sociedades que hoy se sienten amenazadas por la migración fueron, no hace tanto, sociedades de migrantes perseguidos. La discriminación no siempre se presenta como odio explícito, sino como un forzado sentido común.
La pregunta, entonces, no es solo histórica, sino política y cultural: ¿qué hacemos cuando estas narrativas reaparecen? ¿Cómo defendemos un espacio común en el cual el otro no sea reducido a caricatura? La experiencia italiana sugiere que no basta con desmentir datos, hay que disputar relatos y devolver humanidad allí donde la mentira se sostiene en el anonimato.
Por eso las cartas, historias familiares y pequeñas biografías importan tanto. Porque restituyen humanidad y nos recuerdan que, antes de ser “migrantes”, “extranjeros” o “problemas”, fueron —y son— personas intentando vivir.
Los italianos que ayer fueron sospechosos son hoy parte indiscutida del “nosotros” estadounidense. Esa transición no fue automática ni amable, costó décadas, humillaciones y silencios. Recordarlo no es solo un acto de justicia histórica, sino una advertencia. Esta historia nos enseña que el miedo se recicla con facilidad, pero la verdad —frágil, incompleta, humana— siempre necesita ser contada de nuevo.
Por Mauricio Jaime Goio.
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