Cada 31 de diciembre repetimos un gesto de quien no sabe muy bien por qué lo hace, pero intuye que no hacerlo sería peor. Brindamos, contamos hacia atrás, abrazamos a desconocidos, prometemos cambios que rara vez llegan. El Año Nuevo persiste como uno de los pocos rituales compartidos.

Vivimos tiempos convulsos. Crisis políticas, guerras que se cronifican, economías frágiles, democracias fatigadas. Pareciera como si el futuro dejara de ser una promesa, para transformarse en amenaza difusa. En este contexto, el Año Nuevo es a la vez celebración y pausa ritual. Un intento colectivo de ordenar cuando todo parece haberse salido de cauce.

Las sociedades no se limitan a medir el tiempo, también lo construyen simbólicamente. Por ejemplo, en el mundo andino prehispánico el inicio del año no coincidía con un número arbitrario, sino con un acontecimiento cósmico preciso. El Inti Raymi marcaba el retorno del sol tras el solsticio de invierno y garantizaba, mediante rituales, la continuidad del orden agrícola y social. Se trataba de un tiempo restaurado. El mismo principio atraviesa muchas culturas. En la antigua Mesopotamia, durante la fiesta del Akitu, el rey era humillado públicamente antes de ser restituido. El mensaje era: ningún poder es natural, debe ser renovado simbólicamente. El Año Nuevo no confirmaba el orden, lo suspendía por un instante para su refundación.

La modernidad intentó despojar al Año Nuevo de su densidad ritual. Lo convirtió en una frontera administrativa, en mero cambio de folio. Pero el rito sobrevivió en los gestos íntimos. Las resoluciones personales, los balances emocionales, los deseos privados. En una cultura dónde se glorifica al individuo, el Año Nuevo se transformó en un acto de autoexigencia. Ser otro, hacerlo mejor, corregirse. 

Sin embargo, incluso en su versión más banal, el Año Nuevo sigue cumpliendo la función esencial de domesticar la incertidumbre. En medio de crisis simultáneas (sanitaria, climática, política, moral), el rito no promete soluciones, pero ofrece un marco compartido para encuadrar el miedo y la esperanza. Es indudable que celebrar el Año Nuevo es un acto cultural cargado de ambigüedad. Por un lado, puede ser evasión, anestesia, espectáculo. Por otro, puede ser resistir a la evidencia, afirmando que, pese a todos los males y maldiciones, el mundo sigue siendo habitable.

No es casual que en contextos de colapso los rituales reafirmen su eficacia simbólica. Cuando las instituciones pierden legitimidad y los discursos políticos se vacían, el rito ocupa el espacio del sentido. Quizás no resuelve, pero contiene. En sociedades agotadas, el Año Nuevo funciona como una tregua simbólica, un acuerdo silencioso para seguir adelante.

Quizá por eso nos esmeramos en la celebración. Incluso cuando no creemos del todo en él. Porque el rito no exige fe absoluta, solo participar. Basta con estar ahí, llevar la cuenta regresiva, levantar la copa, utilizar calzoncillos amarillos, comer diez granos de uva, correr con una maleta. Puede que el mundo no cambie, pero por un instante soñamos que puede ser.

El Año Nuevo no es una promesa de renovación milagrosa, sino un sincero gesto colectivo de supervivencia cultural. Un recordatorio de que, frente al caos, los seres humanos seguimos recurriendo nuestros trucos ancestrales. Al rito, a la palabra compartida, al tiempo que se renueva. Nos rebelamos ante la posibilidad de renunciar a intentar hacerlo mejor.

Por Mauricio Jaime Goio.

@MarFerreira®

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