No estamos cansados por fallar, sino por intentar cumplirlo todo.
En los últimos años, el cansancio se ha convertido en una experiencia común y persistente, difícil de explicar y aún más difícil de erradicar. No se trata solo de estar agotados físicamente, ni de una simple falta de sueño. Es un cansancio que no desaparece tras un fin de semana largo ni con unas vacaciones bien planificadas. Es un agotamiento profundo, que se arrastra incluso en los momentos de descanso y que parece formar parte de nuestra manera de estar en el mundo. Más que una patología individual, es un signo de época.
Durante generaciones, el cansancio fue señal de un cuerpo que avisaba que era momento de detenerse. El obrero tras la jornada, el campesino después de la cosecha, encontraban en el descanso una pausa. Hoy, sin embargo, el agotamiento se ha vuelto difuso y persistente. Se instala incluso en quienes “aman lo que hacen”, en quienes gozan de libertades impensables para generaciones anteriores, en quienes —al menos en apariencia— no deberían estar exhaustos. ¿Por qué, entonces, nos sentimos tan cansados?
La cultura contemporánea ha convertido la vida en un proyecto de optimización permanente. No basta con trabajar, hay que rendir. No basta con vivir, hay que aprovechar. No basta con descansar, hay que hacerlo de manera eficiente. El tiempo libre también se planifica, se mide, se exhibe. Incluso el ocio debe justificar su utilidad. Descansar para rendir mejor, viajar para expandirse, meditar para concentrarse más. El cansancio no proviene exclusivamente del esfuerzo, sino de la imposibilidad de salir del circuito.
Un ejemplo cotidiano para ilustrar. Una persona termina su jornada laboral y, en lugar de desconectar, revisa correos en el móvil, responde mensajes urgentes y planifica actividades para “aprovechar” el tiempo libre. El teléfono móvil, que prometía libertad y flexibilidad, ha colonizado todos los espacios. El correo llega a cualquier hora, las notificaciones interrumpen el silencio, la vida personal se vuelve permeable a las urgencias laborales. No es que trabajemos más horas que antes, sino que estamos conectado permanentemente, incluso cuando no estamos trabajando.
Este cansancio no se vive como explotación externa, sino como fracaso interno. Si no llegamos, si estamos agotados, si no damos abasto, la culpa parece ser nuestra. No supimos organizarnos, no administramos bien el tiempo, no fuimos lo suficientemente disciplinados. La cultura del rendimiento ha sido particularmente eficaz en esto. Ha logrado que el sujeto se convierta en su propio vigilante. Ya no hace falta un capataz, basta con un fijar un ideal inalcanzable.
Hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento. Ya no nos sentimos oprimidos, sino insuficientes. Ya no obedecemos órdenes externas, sino mandatos interiores. El resultado es un sujeto agotado, deprimido, ansioso, que se exige más de lo que cualquier jefe podría exigirle. Un sujeto que se explota a sí mismo creyendo que se realiza.
El burnout, tan mencionado en los últimos años, suele presentarse como un problema psicológico individual. Se ofrecen talleres, terapias, aplicaciones de mindfulness, técnicas de respiración. Todo eso puede ayudar, sin duda. Pero el riesgo es confundir el síntoma con la causa. El cansancio no surge porque las personas sean frágiles, sino porque el modelo de vida se ha vuelto insostenible. Pedirle al individuo que se adapte mejor es, en el fondo, una forma elegante de mantener intacta la estructura.
Las estrategias individuales pueden ser útiles y necesarias para aliviar el malestar cotidiano. Meditar, hacer ejercicio, buscar espacios de desconexión son recursos valiosos. Pero si no se acompañan de cambios colectivos y estructurales, solo abordan la superficie del problema.
Vivimos bajo la exigencia de “cumplirlo todo”: ser buenos profesionales, buenos padres, buenos hijos, buenos ciudadanos, personas informadas, saludables, emocionalmente disponibles, políticamente conscientes. Cada rol trae consigo una lista de obligaciones implícitas. El problema no es aspirar a una vida plena, sino la imposibilidad de jerarquizar, de renunciar sin culpa, de aceptar los límites.
Históricamente el cansancio estaba regulado por ritmos colectivos: fiestas, rituales, pausas compartidas. Había tiempos marcados para trabajar y tiempos igualmente marcados para detenerse. La modernidad tardía ha individualizado por completo la gestión del tiempo. Cada cual debe arreglárselas como pueda. El resultado es una soledad cansada, una fatiga sin relato común.
Por eso el cansancio actual no es el agotamiento del obrero tras la jornada ni el del campesino después de la cosecha. Es un cansancio que se acumula frente a pantallas, entre reuniones, expectativas y plazos autoimpuestos. Un cansancio que no siempre se nota desde afuera, pero que nos erosiona lentamente.
Reconocer el cansancio como un signo cultural es implica dejar de pensarlo como un defecto personal y comenzar a leerlo como una señal de alarma. No estamos cansados porque fallamos, sino porque intentamos cumplirlo todo. Tal vez el problema no sea nuestra falta de energía, sino la falta de límites de una cultura que no sabe cuándo detenerse.
Por Mauricio Jaime Goio.
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