El contacto con el agua constituye una experiencia neurológica y cultural de reparación. No se trata de evasión ni bienestar fácil, sino de una pausa profunda frente a la lógica del rendimiento permanente.

“A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”, escribe Dante al comenzar la Divina Comedia. A mí me ocurrió algo parecido en algún momento de mi vida y, como en los descensos más radicales, sentí que ya no había salida. Que el camino se había terminado y que quizá era hora de recurrir al frasco de cicuta y seguir, con una dignidad mal entendida, la senda del sabio Sócrates. No fue la filosofía la que me devolvió entonces a la vida, sino la vista del mar desde los ventanales de la casa de mis padres en la playa. Esa masa inmensa de agua, siempre cambiante e igual, en sus distintas luces y humores, logró aquietar el ruido interior, calmar el espíritu y traerme de regreso, lentamente, al mundo de los vivos.

Detenerse frente al mar y en silencio observar el horizonte, sólo por el gusto de la contemplación, constituye un gesto simple y profundo, que antecede a cualquier explicación racional. El cuerpo se aquieta antes que la mente, y algo en el agua suspende momentáneamente el ruido interior. No es casualidad ni simple romanticismo. La neurociencia le ha puesto nombre a una experiencia que la cultura ha reconocido desde siempre.

En los últimos años se ha popularizado “Blue Mind” , que describe un estado de calma atenta que surge cuando el cerebro entra en contacto con entornos acuáticos: el mar, un río, un lago, incluso una fuente urbana. No se trata de una felicidad eufórica ni de evasión, sino de un reposo activo. El cerebro descansa sin apagarse, observa sin exigir respuestas inmediatas. En una época marcada por la hiperestimulación y la vigilancia constante, este estado resulta casi subversivo.

Desde la neurociencia, el efecto es tangible. La exposición al agua activa el sistema nervioso parasimpático, encargado de regular el descanso, la recuperación y la reducción del estrés. Según un estudio publicado en la revista Science Direct observar entornos acuáticos disminuye los niveles de cortisol y favorece la liberación de dopamina, serotonina y oxitocina, neurotransmisores asociados al placer, el equilibrio emocional y el vínculo social. El sonido rítmico de las olas, la amplitud del horizonte y el color azul actúan como estímulos suaves y previsibles, que no exigen decisiones ni rendimiento. Por una vez, el cerebro no tiene que optimizar nada.

Estos hallazgos son relevantes porque nuestro sistema nervioso no fue diseñado para la vida contemporánea. Pantallas, notificaciones, multitarea y ruido urbano nos empujan a un estado de alerta crónica. La corteza prefrontal, responsable de la atención y el control, vive sobre exigida. El agua, en cambio, ofrece lo contrario, un paisaje que no demanda acción. La contemplación de entornos acuáticos reduce la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la percepción subjetiva del dolor. No elimina el malestar, pero lo vuelve manejable.

Un fenómeno interesante es cómo el agua altera nuestra percepción del tiempo. En zonas costeras, las personas realizan actividad física durante más tiempo sin sentir fatiga anticipada. El cuerpo se mueve, pero la mente no registra ese movimiento como esfuerzo. Algo similar ocurre con el dolor, pues la contemplación de paisajes naturales, especialmente acuáticos, modifica la actividad de las áreas cerebrales asociadas al sufrimiento. No es distracción, sino regulación emocional.

El contacto temprano con entornos acuáticos no solo construye recuerdos, sino formas de habitar el cuerpo y el mundo. No es casual que quienes pasaron su niñez cerca del agua tiendan a buscarla en momentos de crisis. El cuerpo recuerda antes que la mente. Este fenómeno se observa también en rituales cotidianos como la ducha o el baño. El agua obliga a volver al cuerpo, interrumpe el discurso interno y ofrece una pausa en la exigencia de sentido.

Reducir la “mente azul” a una reacción química sería empobrecerla. La relación con el agua es también cultural, pues aprendemos a sentirla. Para algunas personas, el mar es libertad, para otras, amenaza. Las cosmovisiones antiguas lo pensaron como origen, frontera o divinidad. En muchas culturas indígenas, el agua no es solo paisaje, sino entidad viva. Quien crece cerca del mar o de un río suele desarrollar una familiaridad afectiva con esos espacios, que persiste en la adultez y se traduce en mayor bienestar y, a menudo, en una conciencia ambiental más activa.

El arte, la literatura y la mitología han representado el agua como fuente de vida, transformación y misterio. Desde los poemas de Homero hasta las pinturas de Hokusai, el agua aparece como escenario de introspección y cambio. Esta dimensión simbólica enriquece la experiencia individual y colectiva, dotando al agua de un significado que trasciende lo biológico.

Comparada con la montaña o el bosque, la experiencia acuática propone otra lógica. La montaña exige control y esfuerzo, el agua invita a la entrega, a flotar y dejarse llevar. No todos los cuerpos toleran esa pérdida de dominio, por eso el mar también inquieta. La elección entre mar o montaña revela nuestra relación con el riesgo, el silencio y la introspección.

El renovado interés por los espacios azules revela un anhelo profundo de pausa y reparación. Vivimos cansados, no solo de trabajar, sino de sostener una atención fragmentada y de cumplir expectativas múltiples. El agua ofrece una experiencia radicalmente opuesta a la productividad: no sirve para nada, y justamente por eso repara.

Seguimos yendo al mar porque frente a esa inmensidad, por un instante, dejamos de ser individuos exigidos y volvemos a ser organismos. El cerebro se aquieta, el cuerpo recuerda, la cultura acompaña. En ese gesto antiguo —mirar el agua y callar— algo, silenciosamente, se reordena. Proteger y valorar los espacios acuáticos es, en última instancia, cuidar de nuestra salud mental y colectiva.

Por Mauricio Jaime Goio.

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