En una época obsesionada con explicarlo todo, la renuncia al misterio parece un signo de madurez. Pero quizá comprender cada cosa no nos vuelve más lúcidos, sino más pobres.

La racionalidad extrema de la sociedad contemporánea nos empuja a buscar explicaciones para cada fenómeno, a diseccionar la realidad hasta las últimas consecuencias. Desde la infancia, se nos enseña que todo tiene una causa y que, si perseguimos esa causa con suficiente rigor, la razón acabará por revelarla. Entenderlo todo se convierte no solo es una aspiración intelectual, sino en una exigencia moral.

Recuerdo que, de niño, me fascinaba la idea de que dentro de la televisión vivían pequeños hombrecitos encargados de representar los programas. No era una creencia firme, pero me gustaba imaginar que podía ser cierta. Algo similar ocurría con la Navidad y la figura de Papá Noel descendiendo por la chimenea. Por más que se me dificultaba cuadrar la imagen mental con la realidad física, prefería no resolver la ecuación. En ese no entender del todo había una forma de goce. Una suspensión voluntaria de la lógica, una grieta por donde se colaba la maravilla.

Con el paso de los años, esa grieta se fue cerrando. No porque alguien la clausurara explícitamente, sino porque el adoctrinamiento cultural lo transformó en algo que debía ser visto con desconfianza. La infancia tolera el misterio, la adultez lo sospecha. En algún momento, se nos enseña que no entender es sinónimo de ingenuidad, que dejar preguntas abiertas es señal de flojera intelectual, que el asombro debe ser reemplazado por la explicación. El mundo, se nos dice, no está para ser contemplado, sino para ser comprendido, optimizado y, si es posible, dominado.

Esta pulsión por entenderlo todo no es nueva, pero sí se ha intensificado. La modernidad nació con la promesa de despejar las sombras. La razón como linterna, la ciencia como método, el progreso como horizonte. No es algo que estemos objetando. El problema surge cuando esa lógica se vuelve total, cuando la explicación deja de ser una herramienta y pasa a ser una obligación. Cuando lo que no se entiende incomoda y molesta. Cuando el misterio deja de ser una pregunta y se transforma en una amenaza.

Hoy, la tecnología nos rodea de dispositivos que explican el mundo en tiempo real. Sabemos cuántos pasos damos, cuántas horas dormimos, cuántas calorías ingerimos, cuántos minutos de atención podemos sostener antes de distraernos. La vida se ha convertido en un tablero de control, donde todo está traducido en datos, gráficos y porcentajes. Sin embargo, algo se nos escapa. El exceso de explicación no garantiza comprensión. Entender cómo funciona algo no equivale necesariamente a entender qué significa.

La irrupción de la inteligencia artificial y las redes sociales ha multiplicado esta tendencia. Ahora, algoritmos analizan nuestras emociones, predicen nuestros gustos y nos ofrecen respuestas instantáneas a cualquier pregunta. La sobreinformación digital nos da la ilusión de que todo es accesible, de que el misterio ha sido desterrado. Pero, en realidad, la abundancia de datos puede ahogar el sentido, diluir la experiencia y convertir el conocimiento en una sucesión de cifras vacías.

El amor ha sido reducido a un cóctel químico; la tristeza, a un desbalance neuroquímico; el cansancio, a una mala gestión del tiempo. Explicaciones correctas, quizás, pero insuficientes. Hay dimensiones de la experiencia humana que no se agotan en su descripción técnica. Saber cómo opera el cerebro enamorado no dice mucho sobre la fragilidad de amar. Comprender los mecanismos de la depresión no explica del todo la sensación de vacío que la acompaña. La explicación aclara, pero no necesariamente ilumina.

Por eso, el arte, la religión, la literatura y la filosofía insisten en lo que no se deja cerrar. No ofrecen respuestas definitivas, sino preguntas bien formuladas. En un mundo obsesionado con la solución, estas disciplinas reivindican el valor de la pregunta y, sobre todo, la dignidad de no entenderlo todo.

Aceptar este límite es reconocer que no todo es traducible, que no toda experiencia puede ser puesta en palabras, que no toda emoción cabe en un diagnóstico. El misterio no es un error del sistema, es parte constitutiva de la experiencia. Pretender eliminarlo es empobrecer la vida, volverla plana, predecible, excesivamente clara.

La infancia, en ese sentido, no es solo una etapa biológica, sino una disposición cultural. El niño convive con la duda, la fantasía y la ambigüedad. No necesita saber cómo funciona la televisión para disfrutarla, ni verificar la logística de Papá Noel para celebrar la Navidad. Algo de esa disposición se pierde cuando confundimos madurez con control y conocimiento con certeza absoluta.

En la era digital, la presión por entenderlo todo se ha vuelto asfixiante. La inmediatez de las respuestas, la exigencia de eficiencia y la obsesión por la transparencia han reducido el espacio para la pregunta, el asombro y la contemplación. Nos cuesta tolerar la incertidumbre, convivir con la ambigüedad, aceptar que hay zonas de la vida que no se resuelven, se transitan.

El arte de no entenderlo todo no es un rechazo a la razón, sino un gesto de humildad frente al mundo. Es recordar que no estamos aquí para descifrarlo todo, sino para vivirlo. Que, a veces, dejar una ecuación sin resolver es la única manera de conservar intacta la maravilla. Y que, en última instancia, la plenitud no reside en la certeza, sino en la capacidad de asombro, en la disposición a convivir con el misterio y en la valentía de aceptar que no todo puede ni debe ser comprendido.

Por Mauricio Jaime Goio.

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