Si yo fuera Rodrigo no me perdería en la cortesía hipócrita ni en la diplomacia de salón. Diría con la voz desnuda que la Central Obrera Boliviana es lepra, es gangrena, es peste que corroe la nación y que ha convertido las carreteras en cementerios de la economía. Diría que son verdugos que roban el pan de los bolivianos con la frialdad de un carnicero que degüella sin pestañear. Han dejado hogares enteros en la asfixia de la liquidez, todo bajo el disfraz de un decreto que ya no subvenciona los hidrocarburos.

Si yo fuera Rodrigo repetiría como letanía que un nuevo gobierno ha nacido con un presidente eminentemente político y con un gabinete económico de alto linaje. Lupo, Medinacelli, Espinoza, Oviedo, nombres que no se improvisan, nombres que saben de economía y de hidrocarburos, nombres que no se dejan arrastrar por la baba pútrida de Morales ni por las farsas grotescas de Arce, que ha convertido la mentira en maquinaria de vejamen y el engaño en sistema de dominación.

Si yo fuera Rodrigo entonaría como himno que el estado de sitio debía imponerse en la primera, no en la segunda, con la Constitución en la mano y con los camiones del ejército listos, incluso alquilados si fuera necesario. Porque el arte de la guerra no es disparar, es ganar sin tocar a nadie, es introducir en los camiones a todos los que desordenan la armonía. Copiaría la estrategia de Paz Estensoro, que tras el decreto 21 060 sacó los camiones y confinó a agitadores y curiosos, incluso al célebre Maestro Juan Lechín, en Puerto Rico, Pando. Desde ahí se pidió exilio, desde ahí se clasificó a miles, y desde ahí se demostró que un decreto puede durar veinte años si se aplica con rigor.

Si yo fuera Rodrigo repetiría como plegaria que Juan Cariaga y Herbert Müller supieron sostener la economía y los hidrocarburos en tiempos de tormenta. Ellos demostraron que la disciplina puede ser espina dorsal de un país, que la economía no se improvisa, que los hidrocarburos no se administran con vómito ni con discursos de feria.

Si yo fuera Rodrigo insistiría como exorcismo que tras la derogación del decreto los bolivianos han vuelto a ser vulnerados, que las carreteras siguen bloqueadas, que la bondad del Ejecutivo se convierte en alimento para los carroñeros, que la paciencia del pueblo se desgasta en la espera de una normalidad que nunca llega.

Si yo fuera Rodrigo cerraría este texto con la irreverencia que merece el momento. Lara, vete al carajo.

Por Julio Ríos Calderón, escritor y periodista.

Fotos: Así sufren los bolivianos en las carreteras, convertidas en campos de concentración.


Descubre más desde Ideas Textuales®

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.