Hubo un tiempo en que los decretos se escribían con rencor. En ese tiempo, alguien cuya mención sería una falta de respeto al lenguaje decidió que Bolivia no debía recordar el 6 de agosto como el día en que Bolívar, Sucre y Santa Cruz dieron forma a la entraña de la República.
Había que inventar otra fecha, otra nomenclatura, otro disfraz. Así nació el 22 de enero, día del Estado Plurinacional, como si la diversidad fuera una novedad y no una condición universal. Como si el nombre de República no contuviera ya la sangre, la causa, la estructura y el destino.
El Bicentenario, que debía ser canto y columna, fue convertido en cartel. Las letras mayúsculas que debían honrar a los protagonistas fueron opacadas por una retórica de cartón, por una semántica de feria. Se nos dijo que Bolivia es plurinacional, como si eso justificara el despojo simbólico. Como si todos los países del mundo no fueran en esencia diversos. Como si la pluralidad fuera excusa para la amnesia.
Hoy, en un gesto que mezcla cálculo y oportunidad, el nuevo gobierno ha movido el feriado al 23. No por capricho, más bien por estrategia, unir viernes, sábado y domingo para que el turismo, ese sí plurinacional y real, pueda respirar. Porque la gastronomía, la danza, la música y el clima no necesitan decretos para existir. Son, simplemente, Bolivia.
Proponemos entonces desde esta tribuna que no se arrodilla que el presidente Paz Pereira retorne al origen. Que devuelva al país su fecha, su nombre, su causa. Que las letras vuelvan a escribir la historia y no a encubrirla. Que el 6 de agosto recupere su lugar, no como efeméride, más bien como columna vertebral.
Y que los politólogos de ocasión, esos que brotan como hongos tras la lluvia de decretos, entiendan que no todo cambio es ruptura. Que la distancia entre presidente y vicepresidente no es fractura, más bien estrategia. Que la ausencia de Paz Pereira en Paraguay fue presencia en Bolivia. Que mientras él viajaba nosotros respirábamos. Y que en ese respiro no hubo espacio para el delirio de quien convirtió TikTok en despacho.
En este recorrido de dos siglos, la figura de Casimiro Olañeta se levanta como pensamiento medular en los acontecimientos que dieron origen a la independencia. Su papel, discreto y decisivo, se proyecta en el bicentenario como recordatorio de que la patria no se sostiene en decretos improvisados, sino en la memoria de quienes supieron encauzar la causa con ideas y con firmeza.
La patria no se decreta. Se recuerda. Se honra. Se defiende. Y si hay que volver al origen, que sea con letras firmes, con nombres completos, con fechas intactas. Porque la libertad, como dijo aquel hidalgo, no se mendiga. Se vive. Y usted, lector, la aumenta.
Por Julio Ríos Calderón, escritor y periodista.

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