En una época marcada de paso vertiginoso y sabores digitales, el trabajo del documentalista español Eugenio Monesma (Huesca, España, 1952) emerge como un archivo vivo de saberes, ritmos y oficios que el progreso se obstina en dejar atrás, pero en rincones olvidados algunos obstinados insisten en mantener. No se trata simplemente de nostalgia, sino de hacerse una pregunta que, con el tiempo, es probable que estemos obligado a responder: ¿qué hemos perdido, como sociedad, al dejar atrás nuestros oficios manuales?

Lejos de registrar el pasado como una postal nostálgica, sus documentales muestran cómo se estaba en el mundo. Tratan de oficios tradicionales, rituales y saberes rurales no buscan reconstruir lo que fue, más bien evidenciar una forma de relación con el tiempo, el cuerpo y la naturaleza que resulta casi incomprensible para quienes habitamos las ciudades del siglo XXI.

Desde una perspectiva cultural, su obra puede leerse como una etnografía del ritmo. Allí donde la modernidad impuso la velocidad como valor supremo, los oficios tradicionales se organizaban en torno a la espera, la repetición y la paciente superación del error. El conocimiento no se adquiría en manuales ni en pantallas, sino en la observación prolongada, la imitación paciente y el contacto directo con la materia. Se trata de un saber encarnado, transmitido de generación en generación que permitía la autosuficiencia.

Monesma filma algo más que técnicas productivas, más bien se trata de exhibir una filosofía práctica de la vida. Cada objeto llevaba el sello del artesano y cada herramienta está pensada para durar años, incluso décadas. No hay despilfarro. Todo tiene valor. En ese universo cultural, el trabajo no es actividad abstracta, sino una extensión del cuerpo y de la identidad. “Esto lo he hecho yo” es la frase recurrente que condensa una ética hoy en retirada.

La desaparición de estos oficios no tiene únicamente un impacto económico. Es, ante todo, una manifestación simbólica. Durante décadas, el mundo rural y sus saberes fueron asociados al atraso y a la pobreza. El gran impacto de los medios de comunicación y de la tecnología digital aceleró la debacle, al romper la cadena de la transmisión oral. El relato del fogón fue sustituido por la pantalla. Con ello se erosionó el reconocimiento social de una forma de conocimiento muy sofisticada.

Los documentales del español operan como un gesto de restitución. Cuando los artesanos se ven a sí mismos en la pantalla, algo cambia. La vergüenza se transforma en orgullo. Lo que había sido considerado residual adquiere dignidad. No se trata de idealizar el pasado, sino de restituir su valor cultural. En ese sentido, su trabajo se transforma en un acto de justicia simbólica.

Detrás de este rescate hay también una crítica silenciosa a la modernidad. Que no es ni ideológica ni panfletaria, sino empírica. No busca romantiza la escasez, más bien expone la paradoja de que hemos terminado convirtiendo el cuidado del medio ambiente en un discurso, mientras eliminamos las prácticas que lo encarnaban cotidianamente. El respeto por la naturaleza no era una consigna, era una necesidad vital.

Resulta revelador que el éxito masivo de Monesma en YouTube provenga, en gran parte, de públicos jóvenes que nunca conocieron ese mundo. En plena era de la hiperconectividad, millones de personas eligen ver documentales largos sobre cómo se hace jabón o cómo se construye un tejado de paja. Más que información útil, los jóvenes buscan experiencia. Algo en esos vídeos repara la ausencia de contacto con lo tangible, con el hacer, con el tiempo largo. En un entorno dominado por lo efímero, estos documentales funcionan como refugios temporales. Espacios donde el tiempo se espesa, donde la repetición no aburre, donde la lentitud deja de ser un defecto para convertirse en valor. 

Desde la antropología, este archivo constituye uno de los corpus audiovisuales más importantes sobre cultura material en España. Es un registro que va más allá del mero registro académico, pues interpela a todo lo que perdimos cuando creíamos que ganábamos en modernidad. Todo aquello que sacrificamos en nombre del progreso, pues una buena parte de nuestra humanidad se fue con ellos.

La desaparición de los oficios tradicionales no fue un proceso abrupto, sino una erosión silenciosa, alimentada por factores económicos, sociales y tecnológicos. La migración rural, la mecanización, la globalización y el cambio en los valores culturales contribuyeron a que saberes transmitidos durante siglos quedaran relegados al olvido.

Interpelo a que nos demos el trabajo de navegar por todas estas historias documentadas. Son testimonios profundamente humanos, carnales, poderosos, que nos buscan idealizar. Constituyen una observación paciente en la que se conserva la memoria de un mundo que no desapareció de golpe, sino que fue erosionándose silenciosamente. En medio del ruido digital, sus imágenes nos recuerdan que hubo —y quizá aún pueda haber— otras formas de habitar el tiempo, el trabajo y la vida.

Hoy, cuando la cultura digital amenaza con borrar los rastros de lo tangible, el archivo de Eugenio Monesma nos invita a reconsiderar nuestra relación con el hacer, el tiempo y la memoria. Recuperar la dignidad de lo manual, la paciencia de lo artesanal y el valor de lo vivido. Porque, en última instancia, lo que está en juego no es solo la supervivencia de unos oficios, sino la posibilidad de habitar el mundo de otra manera.

Por Mauricio Jaime Goio.

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