En una época que convirtió el descanso en tarea y el ocio en rendimiento encubierto, no hacer nada se volvió un gesto incómodo, casi culposo. El domingo, último santuario del tiempo improductivo, resiste como puede frente a la ansiedad de aprovecharlo todo.
Mi domingo amanece con una interesante propuesta: no llegar a ninguna parte. El día parece ensancharse, ofrecerse como un tiempo sin dirección. Sin embargo, algo se tuerce apenas abro los ojos. El teléfono me dicta una agenda invisible, con notificaciones diversas indicando titulares, recordatorios, anuncios que no distinguen entre lo importante y lo accesorio. El descanso se me presenta parcelado. El domingo sigue ahí, pero ya no es un tiempo vacío. Me pide administración.
No hacer nada se ha convertido en una actividad sospechosa. Genera una incomodidad, una culpa leve pero persistente. Como si el tiempo, al no ser aprovechado, se desperdiciara. Como si el cuerpo, al no producir, estuviera incumpliendo su función. El ocio reconvertido en un simulacro de productividad: descansar, sí, pero con método; desconectarse, pero con propósito; relajarse, siempre que algo mejore en el proceso. El hacer nada, en cambio, no necesita coartada no exige dejar huella relato.
El domingo se transforma en un día de optimización blanda. Se duerme un poco más, pero no demasiado. Se hace ejercicio, pero suave. Se lee, pero algo útil. Se cocina con esmero, aunque pensando en la semana que comienza. Incluso el ocio se justifica a través de series recomendadas, caminatas con conteo de pasos, momentos de calma cronometrados. Todo parece orientado a extraer algún rendimiento, por mínimo que sea. En ese marco, el hacer nada se transforma en un gesto innecesario, casi impropio.
Durante siglos, el no‑hacer tuvo un sitio claro en la vida social. El sabbat judío, el domingo cristiano, las fiestas rituales, las pausas del calendario agrícola. No eran “tiempos libres” en el sentido contemporáneo, sino tiempos sustraídos al trabajo. La inactividad no solo estaba permitida, sino prescrita. Hoy ocurre lo contrario. El descanso debe ser merecido, planificado y, en lo posible, compartido. De ahí la ansiedad que provoca quedarse en casa sin plan, sin una historia que contar. El tiempo que no se expone parece no haber existido.
Hay algo profundamente contracultural en pasar una tarde mirando cómo avanza la sombra en una pared. En sentarse sin música de fondo, sin podcast, sin una segunda pantalla que acompañe la espera. El cuerpo, desacostumbrado, se inquieta. Nos asusta el silencio. Hemos confundido el silencio con vacío y vacío con la pérdida. Pero no hacer nada no es ausencia. Es otra forma de estar en el mundo, menos ruidosa, menos eficaz, pero quizá más atenta.
Por eso el domingo, cerca de las seis de la tarde, adquiere una densidad particular. No es todavía lunes, pero ya casi acaba el fin de semana. Nos ataca una melancolía leve, doméstica, sin causa precisa. No responde a ningún acontecimiento, sino a la detención misma. Cuando cesa la marcha, el tiempo deja de empujar y empieza a pesar.
La cultura contemporánea desconfía de ese momento. Prefiere llenarlo, programarlo, convertirlo en tránsito eficiente hacia lo que viene. La culpa del domingo no proviene de lo que hicimos mal, sino de lo que no hicimos en absoluto. No aprovechamos el día. No avanzamos. No optimizamos. Sentimos que ha sido un tiempo perdido, como si cada instante de nuestra vida debiera tener justificación, una utilidad tangible.
Pero el tiempo no siempre tiene que servir. El no hacer es una forma de reparación. No es descanso para volver a producir, sino descanso a secas. Una pausa que no se orienta al lunes ni a la lista de pendientes, sino que se basta a sí misma. El problema es que ya no sabemos habitar ese estado sin sentirnos improductivos, innecesarios, prescindibles.
El filósofo Byung‑Chul Han ha señalado que vivimos agotados no tanto por exceso de trabajo, sino por exceso de positividad. Todo debe ser experiencia, proyecto, rendimiento. Incluso el descanso se mide en términos de eficacia. Frente a esa lógica debemos entender que el hacer nada aparece como una negativa silenciosa a la exigencia del aprovechamiento constante. No lo veo como pereza o apatía, para mi es resistencia. Aunque esté escribiendo este texto, esperando que le sea de provecho a alguien. Parece que me muerdo la lengua.
Por Mauricio Jaime Goio.
Invitación a apoyar a Ideas Textuales
Desde que lanzamos Ideas Textuales, nuestro objetivo ha sido narrar reflexiones e historias que no salen en las noticias habituales.
Este proyecto es independiente, sin auspiciantes políticos ni corporativos. Lo sostenemos con nuestro tiempo, esfuerzo y una profunda convicción de compartir nuestras lecturas y escrituras.
Si este espacio te ha hecho reflexionar, te ha llegado, informado o inspirado, podés apoyarlo con un aporte voluntario.
Cada donación nos permite seguir escribiendo, investigar más a fondo y llegar a más personas con historias que valen la pena.

Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
