Mi problema con Bad Bunny no es musical. Es lo que representa y hace. Me cansa esa estética de victimización permanente envuelta en discurso woke que señala siempre al mismo enemigo cómodo y evita mirar donde realmente está el origen del desastre latinoamericano.
Criticar a ICE y a Estados Unidos vende aplausos rápidos, pero criticar dictaduras, narcotráfico, corrupción estructural y décadas de ingeniería social de izquierda no, que es lo que pasa en America Latina y el Caribe . Sin embargo, son precisamente esas realidades las que expulsan a millones de personas de sus países. La emigración masiva no nace en la frontera estadounidense.
Siento solidaridad real por el emigrante. La vivo en carne propia. En mi caso no culpo al país que me recibió. Señalo sin rodeos a la dictadura cubana que me obligó a salir. Esa distinción importa. Convertir a Estados Unidos en villano universal borra la responsabilidad directa de los sistemas que empujan a su gente al exilio.
La emigración descontrolada también ha traído problemas reales que Bad Bunny no comenta ñ, como la expansión de bandas criminales transnacionales tipo Tren de Aragua, que se han infiltrado en rutas migratorias y ciudades, aprovechándose del caos para traficar personas, armas y drogas. En la frontera operan grupos criminales que secuestran, extorsionan, violan y esclavizan a quienes no tienen dinero para pagar, usando a los más vulnerables como mercancía humana. De eso él ni el grupo de artistas woke hablan. En cambio, se construye el relato cómodo donde el malo es la policía o los agentes de ICE que intentan garantizar la seguridad y hacer cumplir la ley de su país. En el caso cubano, mi experiencia es clara y repetida: los deportados que he conocido no lo fueron por trabajar honradamente, sino por cometer delitos. Ignorar estos hechos no protege al emigrante honesto, lo deja más expuesto al crimen y distorsiona una realidad compleja que exige orden, responsabilidad y verdad.
Estos artistas operan como populistas culturales. Construyen un relato simple, emocional y rentable. El malo es el presidente del país que sostiene económicamente a la región con cientos de millones en ayudas, remesas y oportunidades. El bueno es el cantante que posa de libertador desde escenarios gigantes financiados, en gran medida, por el público latino que vive y trabaja en Estados Unidos.
Como estrategia de mercado es brillante. Si cantas en español y tu mayor audiencia está en Estados Unidos, conviene vender una narrativa de rebeldía segura, una épica sin costos reales. Se levanta el puño, se lanza el eslogan, se recoge el aplauso. No acoge a un solo emigrante sin papeles en ninguna de sus mansiones. Los utiliza para seguir comprandose mansiones.
No entro aquí en la ideología woke que representa porque ese análisis exige otro texto completo. Basta decir que el problema no es cantar, ni denunciar, ni opinar. El problema es la selectividad moral, el silencio cómplice frente a las tiranías y el uso del dolor ajeno como mercancía simbólica. Esa combinación no libera a nadie. Solo vende entradas.
Por Albert Fonseca, analista político y hermano del preso político cubano Roberto Fonseca.
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