Entre ecuaciones y arcanos, este artículo propone una lectura cultural del conocimiento humano. Y es que la ciencia y el Tarot, lejos de ser enemigos irreconciliables, comparten una misma estructura simbólica: la del viaje, la crisis y la transformación. Lo que, finalmente, revela nuestra necesidad profunda de narrar el mundo para poder habitarlo.

Hay ideas que, de tan improbables, resultan fértiles. Vincular el método científico con los arcanos mayores del Tarot podría parecer una extravagancia. Sin embargo, cuando uno se detiene en la dimensión simbólica del conocimiento humano, todo se reduce a resolver, primero, la cuestión de cómo conocemos. Y luego responder a la pregunta de a través que relatos organizamos la experiencia.

Durante siglos hemos opuesto ciencia y mito. La primera, hija de la Ilustración, sostenida por el idioma severo de la matemática. El segundo, atávico y tectónico, heredero de las cavernas y los templos, encuentra expresión en imágenes, dioses y arquetipos. Una división práctica, cómoda y pedagógica, que oculta el hecho que ambos sistemas son formas de construir una narración explicativa y funcional de nuestro entorno.

La ciencia es mucho más que un conjunto de resultados verificables. Es, por sobre todo, itinerario. Observación, hipótesis, experimentación, evaluación, crisis y vuelta a empezar. Quien haya recorrido los caminos de la ciencia sabe que no se trata de una ruta lineal ni aséptica. Se sostiene en intuiciones, fracasos, pasiones y rupturas. Es, en términos antropológicos, una experiencia humana total.

La analogía con el Tarot, como no, también reluce con un destello antropológico. El Loco que inicia el viaje sin garantías se parece al científico que abandona la comodidad del dogma. El Arcano XIII, la carta sin nombre, puede leerse como la destrucción de paradigmas, no hay avance sin la caída de una certeza anterior. El Mago, rodeado de instrumentos, evoca la técnica, El Colgado, la suspensión del juicio y El Mundo esa sensación provisional de haber comprendido algo, aun sabiendo que toda comprensión es transitoria.

No estoy validando el Tarot como ciencia, más bien busco resaltar que ambos comparten la estructura simbólica del viaje. Y esa estructura dice algo sobre la construcción del conocimiento desde una perspectiva cultural.

Occidente sostiene su identidad moderna en torno al método científico. Lo hemos elevado a categoría de árbitro último de la verdad. Sin embargo, rara vez nos preguntamos por su dimensión narrativa. Hablamos de “revoluciones científicas”, de “paradigmas que caen”, de “fronteras del conocimiento”. Utilizamos metáforas épicas. Querámoslo o no, la ciencia, aun en su rigor, no escapa de ser un constructo de la imaginación.

Las teorías nacen de imágenes mentales, después se transforman en ecuaciones. La imaginación es la puerta que se abre al sendero. La clave cultural del debate se sostiene sobre la afirmación de que el conocimiento humano no brota solo del cálculo, sino que se sostiene en la propiedad simbólica de la cultura.

La matemática misma es un sistema de símbolos. Las palabras con las que describimos el mundo no son el mundo. Son mediaciones. Y toda mediación implica una selección, una forma de mirar. La ciencia describe aquello que puede ser descrito bajo sus reglas. El mito, por su parte, organiza aquello que desborda la medición. Ambos son expresión de un espíritu inquieto intentando desentrañar un misterio.

En el siglo XXI asistimos a un fenómeno interesante. Junto con el vertiginoso desarrollo tecnológico, crece el interés por sistemas de explicación ancestrales, como es el caso del Tarot, especialmente en los más jóvenes. Un estudio reciente señalaba que más de la mitad de la Generación Z manifiesta interés por estas prácticas. 

Lo que podría ser considerado una contradicción o un retroceso, más bien es síntoma de tensiones culturales no resueltas. Nuestra época confía en los algoritmos para predecir nuestro consumo, nuestros desplazamientos e incluso nuestras emociones. Sin embargo, a pesar de estas certezas, nuestra sociedad experimenta una sensación de incertidumbre. El futuro se ha vuelto opaco. Y cuando el porvenir no ofrece promesas claras, el Tarot ofrece una vía alternativa de satisfacción. El Tarot al operar como herramienta de introspección, como dispositivo narrativo para pensar el presente, se sitúa en el plano de la creatividad y el autoconocimiento.

Desde una perspectiva cultural, lo interesante es que tanto el método científico como el Tarot se sostienen en una guía de ruta que es común. Ambos nos recuerdan que conocer implica atravesar crisis, abandonar certezas y aceptar la provisionalidad. La ciencia lo hace bajo el principio de la refutación, el Tarot, bajo la lógica del arquetipo. Uno exige evidencia, el otro propone metáforas.

La comparación entre Tarot y método científico no busca igualarlos, sino poner en evidencia que somos individuos que sostienen sus certezas sobre nuestra capacidad narrativa. Incluso cuando construimos microchips o describimos la expansión del universo, narramos. Necesitamos historias para orientarnos.

Lo importante no es perder el tiempo en una controversia en torno a si el Tarot es ciencia. Más bien en dilucidar el mensaje que hay detrás de su persistencia sobre nuestras carencias contemporáneas. Quizás nos está recordando que ninguna ecuación agota el sentido de la experiencia humana.

Entre la carta y la fórmula matemática se despliega el mismo impulso: comprender el lugar que ocupamos en el cosmos. La diferencia está en el método. Pero el asombro, ese temblor ante lo desconocido, es común. Y mientras exista ese temblor, habrá ciencia. Y también habrá Arcanos y arquetipos.

Por Mauricio Jaime Goio.

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