El caso Epstein es un escándalo que excede la crónica policial para internarse en las capas más profundas de la cultura contemporánea. No solo revela delitos y complicidades, sino la persistencia de una lógica ancestral de intercambio desigual, favores y silencios que sigue operando en el corazón mismo de la élite occidental.

La historia de Jeffrey Epstein es de esas que parecieran salir de la mente de algún guionista de Hollywood con mucha imaginación. Con todos los ingredientes para ser un súper hit de boletería. Sórdida, truculenta, enredada. Además, he ahí el escándalo, de salpicar a una parte importante de la élite política, social y económica de los EEUU. 

Hasta ahora el caso ha sido presentado como una trama policial y judicial, un enfoque parcial que no permite entender a cabalidad su dimensión y alcances. Por eso resulta tan interesante el artículo de David EnrichSteve EderJessica Silver-Greenberg y Matthew Goldstein publicado en The New York Times, que apunta al verdadero meollo del asunto. Subyace a este relato una estructura cultural profunda, la del intercambio desigual como fundamento del poder. Lógicas arcaicas que persisten en el corazón mismo de la modernidad.

El universo Epstein, ese de jets privados, mansiones en Manhattan, islas en el Caribe, fundaciones académicas, empresarios, científicos y celebridades, encarna la cima del éxito occidental. Exuda riqueza, influencia, cosmopolitismo. Sin embargo, bajo tanta superficialidad nos topamos con una lógica cultural ancestral, la circulación de favores, prestigio y silencios. Y, en su dimensión más perturbadora, la circulación de cuerpos.

El antropólogo Claude Levi-Strauss plantea que las sociedades ancestrales se organizan en torno al intercambio. No solo de bienes materiales, sino también de mujeres, alianzas y símbolos. Una institución política que articula clanes y garantiza la reproducción del orden social, estableciendo un vínculo que sella alianzas entre grupos masculinos. No se trata aquí de equiparar sin más contextos radicalmente distintos, sino de señalar una analogía estructural. El mundo que rodeó a Epstein no es una tribu ni una comunidad tradicional, pero se sostiene en algo sospechosamente familiar.

Epstein ofrecía acceso a contactos, a oportunidades académicas, a círculos exclusivos. Ofrecía viajes, regalos, lujo. A fin de cuentas, proximidad al glamour. A cambio recibía legitimidad, protección y silencio. El intercambio nunca fue simétrico. Estaba cuidadosamente organizado para producir dependencia. Quien recibía un favor contraía una deuda difícil de saldar y aún más difícil de denunciar, si no pregúntenle al ex príncipe Andrés de Inglaterra.

Marcel Mauss en su ensayo sobre el don demostró que el dar no es un acto inocente. Compromete, crea obligación, instituye una relación asimétrica. Quien da se sitúa en una posición de superioridad, pues quien recibe queda ligado por una deuda moral. En el universo de Epstein, el regalo no era un gesto espontáneo, buscaba reforzar su red de lealtades.

El carácter cultural de ninguna forma relativiza la gravedad moral de los hechos, ni diluye responsabilidades individuales. Los perversos son perversos, deben ser juzgados como tales. Pero los hechos no ocurrieron en el vacío. Se inscribieron en una estructura social que valora el acceso al poder como capital simbólico. Estar cerca de ciertos nombres otorga prestigio. Compartir una mesa, un vuelo o una fotografía construye reputación. 

Epstein supo explotar esta lógica ancestral con habilidad. Se presentó como un “self-made man”, un outsider brillante que ascendió gracias a su talento. Un relato central en la cultura norteamericana, que se sostiene en la idea de que el éxito es fruto exclusivo del mérito individual. Una mentira que oculta a los intermediarios, a los protectores, a las puertas que se abren y a los favores que se devuelven. Un rostro visible de una trama colectiva.

Políticos, empresarios, académicos y celebridades de distintas ideologías y países compartiendo un mismo espacio de sociabilidad. Epstein, el encantador de serpientes, moviendo recursos materiales y simbólicos, redistribuyéndolos de manera selectiva para consolidar alianzas. La filantropía, las donaciones a universidades, las conferencias con intelectuales y las reuniones con figuras públicas operaron como dispositivos de encubrimiento. La respetabilidad fue la máscara que permitió que el intercambio continuara sin demasiadas preguntas. La apariencia de virtud neutralizó la sospecha.

Quizás por eso el caso persiste y se reactualiza. Se ha corrido el velo de un sistema que solemos aceptar sin más. Proclamamos igualdad, pero convivimos con estas redes turbias. Defendemos la transparencia, pero toleramos zonas grises, especialmente cuando somos parte del beneficio. 

Mientras no cuestionemos la naturaleza y el alcance de este tipo de estructuras, la historia se seguirá repitiendo. A fin de cuentas, las sociedades modernas no abolieron las lógicas arcaicas del intercambio, sino que aprendieron a sofisticarlas.

Por Mauricio Jaime Goio.

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