Con ENIAC no solo nació la computación moderna, sino la posibilidad de que la lógica, hasta entonces función exclusiva de la mente humana, pudiera encarnarse en cables y válvulas. Se inauguro el debate que hoy sostiene la inteligencia artificial sobre qué significa, en última instancia, ser humano.
En febrero de 1946, en una sala calurosa de la Universidad de Pensilvania, una mole de treinta toneladas comenzó a zumbar como si alojara en su interior un enjambre eléctrico. Su nombre era ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer) y había sido concebida para calcular trayectorias balísticas al final de la Segunda Guerra Mundial. Nadie podía preverlo entonces, pero se inauguraba una nueva forma de imaginar la inteligencia y su relación con la materia.
Durante siglos, el cálculo fue una práctica artesanal. Hombres y mujeres pasaban horas inclinados sobre tablas numéricas, lápiz en mano, traduciendo ecuaciones en resultados útiles. El cálculo era una actividad intelectual asistida por herramientas, pero inseparable de los individuos que lo llevaban a cabo. La Segunda Guerra Mundial aceleró las urgencias, volviendo intolerable la lentitud. Resolver problemas complejos en plazos mínimos se transformó en una prioridad una urgencia estratégica. Es en este contexto, y con una generosa financiación estatal, que emergió el ENIAC, diseñado por J. Presper Eckert y John Mauchly.
Para la época sus números resultaron impresionantes. Miles de operaciones por segundo, dieciocho mil válvulas de vacío, un consumo eléctrico descomunal. Pero culturalmente lo verdaderamente trascendente fue que posicionó en los circuitos académicos la certeza de que el pensamiento formal, reducido a reglas y símbolos, podía ejecutarse mediante circuitos eléctricos. El cálculo dejaba de ser una destreza humana para convertirse en un proceso autónomo.
Esta máquina no surgió de la nada. Una década antes, en 1936, Alan Turing había publicado un artículo donde describía una entidad puramente teórica que se denominaba la Máquina de Turing. Más que un artefacto físico se trataba de una construcción mental destinada a solucionar la cuestión acerca de que problemas podían resolverse mediante un procedimiento mecánico. Turing demostró que el pensamiento formal podía describirse como una secuencia finita de operaciones elementales. El ENIAC sacó esa idea del papel para hacerla tangible.
Aunque no era todavía una máquina de programa almacenado, pues para reconfigurarla había que recablearla manualmente, el ENIAC insinuaba la posibilidad de la universalidad. No estaba atado a una sola tarea, podía, con el esfuerzo adecuado asumir funciones distintas. En términos culturales, esto implicaba que la inteligencia dejaba de ser un atributo exclusivamente humano para convertirse en una propiedad potencial de una máquina.
Su programación estuvo a cargo de seis mujeres matemáticas: Jean Jennings Bartik, Frances Bilas Spence, Ruth Lichterman Teitelbaum, Betty Snyder Holberton, Kay McNulty Mauchly Antonelli y Marlyn Wescoff Meltzer. Ellas no escribían código como hoy lo entendemos. Traducían ecuaciones diferenciales en rutas eléctricas, conectando cables, ajustando interruptores, interviniendo físicamente el cuerpo de la máquina. Programar era un trabajo manual y abstracto a la vez. La cultura digital nació de ese cruce entre pensamiento formal y trabajo manual.
Poco después, John von Neumann propondría almacenar datos e instrucciones en una misma memoria, dando forma a la arquitectura que aún hoy estructura nuestras computadoras. Así las máquinas adquirieron la capacidad de tratar sus propias instrucciones como información manipulable. La lógica no solo se ejecutaba, podía modificarse a sí misma.
La humanidad pasó de concebir el cálculo como una extensión de la mente humana a delegar el procedimiento mismo en sistemas electrónicos. El cálculo dejó de ser una acción para convertirse en un proceso. Y ese desplazamiento todavía está produciendo efectos.
Hoy, las máquinas clasifican currículums, recomiendan lecturas, predicen comportamientos y generan textos. El objetivo ya no es solo calcular más rápido, sino simular procesos cognitivos que antes considerábamos distintivamente humanos. El ENIAC marca un punto de inflexión en la definición de lo humano. Durante milenios nos definimos como animales racionales. Con la computación electrónica, la racionalidad formal dejó de ser patrimonio exclusivo de nuestra especie.
Quizás por eso el debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial tiene un tono casi teológico. Nos preguntamos si las máquinas piensan, si comprenden, si algún día serán conscientes. Sin embargo, la raíz de esa inquietud se encuentra en aquella sala de 1946. Allí se materializó la idea de que el pensamiento puede formalizarse y, por lo tanto, automatizarse.
Por Mauricio Jaime Goio.
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