En tiempos de optimización permanente y promesas de éxito empaquetadas como fórmulas universales, la consigna de “ser la mejor versión de uno mismo” se ha convertido en un mandato cultural. Este artículo explora la paradoja de una autoexigencia que, bajo la apariencia de libertad y autenticidad, termina por someternos a una lógica de rendimiento y culpa. Frente a ese imperativo, propone recuperar la autoaceptación como práctica ética y como forma más honesta —y quizá más humana— de habitar nuestra propia vida.
Copia y pega esta URL en tu sitio WordPress para incrustarlo
Copia y pega este código en tu sitio para incrustarlo