Una escena en el Consejo de Seguridad expone la fractura entre discurso y acción en el orden internacional contemporáneo. Mientras la retórica de la paz resuena bajo los focos, la violencia real revela la crisis de legitimidad del multilateralismo y la transformación de la política en espectáculo.

Ni el más inspirado guionista de Netflix hubiese ideado una mejor imagen. Melania Trump, impecable, golpeando el mazo que inauguraba una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU. El tema: “Niños, tecnología y educación en situaciones de conflicto”. Afuera, en el mundo real, aún humeaban los restos de una escuela bombardeada en Irán tras una operación ordenada por Donald Trump. Decenas de niñas muertas. Dentro de la sala, discursos sobre paz y comprensión.

La fundación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 respondió a una convicción moral nacida del horror de la más mortífera y brutal de las guerras del siglo XX. Una guerra que había demostrado que el sistema internacional necesitaba límites. “Preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, reza uno de sus principios. Un compromiso por contener sus demonios.

Un idealismo a medias, tamizado por el realismo político del derecho de veto de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad. Idealismo y poder conviviendo desde el inicio en una tensión permanente. Un equilibrio inestable permitió, al menos, la construcción de un lenguaje común sobre derechos humanos, desarrollo y paz.

La escena de Melania Trump presidiendo la sesión no es trivial. Es la política convertida en espectáculo. El poder legitimándose a través de la imagen. La retransmisión en directo de su llegada, el enjambre de cámaras, el análisis minucioso de su vestimenta por la prensa de moda. Un despliegue simbólico que desplaza el foco desde el contenido hacia la forma.

Mientras tanto, la comparecencia del embajador iraní apenas obtuvo atención. La jerarquía de la forma aplastando al fondo.

En el siglo XX, los totalitarismos acompañaron la violencia con una propaganda que nunca ocultó la brutalidad. Hoy la violencia se maquilla, conviviendo con discursos de protección y cuidado. El bombardeo de una escuela y la convocatoria a una sesión sobre la protección de los niños se presentan como compartimentos separados. Esa capacidad de disociación resulta perturbadora.

Vivimos en una era en la que la representación tiende a sustituir a la acción, y donde la moral pública se administra por segmentos. La muerte de niñas puede ser un dato informativo que no impide, sobre la misma, contraponerle una retórica solemne sobre la paz. Lo que antes habría producido un escándalo y una condena transversal, se diluye al son de las nuevas noticias que la van desplazando.

La crisis de la ONU es, sobre todo, una crisis de legitimidad. Cuando el principal impulsorhistórico del orden multilateral subordina su participación a intereses estrictamente nacionales y amenaza con retirarse de tratados y organismos internacionales, el mensaje es claro: el multilateralismo es útil solo mientras sirva a la estrategia propia. La institución pierde su función mediadora.

La escena del Consejo de Seguridad revela un fenómeno mucho más profundo que la indignación ante la presencia de Melania Trump vistiendo Dolce & Gabbana. Es la demostración de que el unilateralismo regresa en gloria y majestad. Es la lógica de la potencia que se apropia del poder de decidir sobre el vaivén político de la humanidad. El problema no es si una primera dama debe o no presidir una sesión. La cuestión es si las palabras pronunciadas en ese foro conservan capacidad vinculante, pue el discurso sobre la paz debería poder todavía limitar la acción. Que la condena moral tenga algún peso frente al cálculo estratégico.

Cuando la política se transforma en pura escenografía, el espacio público se invisibiliza. El mazo que inaugura una sesión puede sonar con solemnidad, pero su eco es hueco si no está acompañado de responsabilidad.

Visto desde un punto de vista positivo, la crisis actual puede ser una oportunidad para repensarla a la ONU. Para discutir su estructura de poder, su dependencia financiera, su relación con las grandes potencias. Para preguntarnos si es posible un orden multilateral que no gire exclusivamente en torno a una hegemonía.

Pensemos que no es solamente la crisis de una institución, sino la crisis de nuestra capacidad de mantener unidos la palabra y del hacer. Así, casi invariablemente, cuando palabra y hechos se separan demasiado, la política termina siendo un mero espectáculo.

Por Mauricio Jaime Goio.

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