En el matrimonio entre Carlos V e Isabel de Portugal (1526), más que diplomacia dinástica, asistimos a un juego lingüístico. Criados en mundos distinto, entre el francés de Flandes y el portugués de Lisboa, ambos eligieron el castellano como territorio común. A partir de ese gesto íntimo, este texto explora cómo las lenguas no solo organizan imperios, sino también las relaciones humanas más cotidianas.
Vivimos en una época complicada. Básicamente diremos que es un tiempo de desencuentros. En los que se habla mucho y se escucha poco. En los que vivimos más preocupados del color de nuestro ombligo, que de comunicarnos con los otros con los que compartimos el mundo. Donald Trump, en una reunión con sus aliados de habla española de Latinoamérica, afirmó tajantemente “no voy a aprender su maldito idioma”. Algo que suena a no me interesa conocerlos o no me interesa escucharlos. Un rehusarse a hablar, no tanto en el sentido de pronunciar discursos, sino en el más simple y cotidiano de los actos humanos: entenderse con otro.
Por eso resulta interesante leer el artículo de la filóloga española Lola Pons Rodríguez (Barcelona, 1976) sobre la relación lingüística entre Carlos V e Isabel de Portugal. Se cumplen cinco siglos de un enlace que normalmente ha sido estudiado como un episodio de la diplomacia dinástica, de dos casas reinantes que consolidan su poder mediante el matrimonio. Pero, lo importante para Pons es que detrás de ese gesto político, hay un problema elemental que pocas veces aparece en los libros de historia: cómo se hablaban el emperador y la emperatriz.
La infancia de Carlos V transcurrió en Flandes, entre cortesanos borgoñones, en un mundo donde la lengua natural era el francés. Cuando llegó a la península ibérica para asumir las coronas de Castilla y Aragón, el castellano era para él un idioma recién aprendido. Lo hablaba por necesidad política, no por costumbre.
Isabel de Portugal venía de otro universo lingüístico. Había nacido en la corte de Lisboa, donde el portugués era la lengua de la vida cotidiana, de la oración y de la familia. Aunque el castellano tenía prestigio en la corte portuguesa, su lengua íntima seguía siendo la portuguesa. De modo que el matrimonio imperial reunía tres lenguas distintas: el francés del emperador, el portugués de la emperatriz y el castellano del reino que gobernaban. Ninguna de ellas era completamente compartida. Y, sin embargo, eligieron el castellano para hablarse
El mundo de los Habsburgo era un mosaico de pueblos, de leyes y de idiomas. El imperio se extendía desde Castilla hasta Austria, desde los Países Bajos hasta partes de Italia, y en cada territorio se hablaban lenguas diferentes. El emperador mismo era, en cierto sentido, extranjero en casi todos sus dominios. Gobernar ese mundo significaba traducir constantemente.
Visto así, la elección del castellano por parte de Carlos e Isabel es la expresión íntima de la necesidad de crear un espacio común entre mundos distintos. El castellano se convirtió en ese territorio compartido. No era la lengua de la infancia de ninguno de los dos, pero sí la lengua en la que podían encontrarse. Un gesto cotidiano, dos personas que aprenden a hablar una lengua común, se transforma en una escena que va más allá de la historia de los imperios. Es una experiencia universal, pues sucede cada vez que dos personas de culturas distintas forman una familia. Sucede cuando migrantes llegan a un país nuevo y empiezan a mezclar palabras. Sucede cuando un hogar se convierte en un pequeño laboratorio lingüístico donde las lenguas se cruzan, se transforman y a veces inventan nuevas formas de decir las cosas.
En ese sentido, la historia de Carlos V e Isabel de Portugal se parece más a la historia de millones de familias que a la imagen solemne de un imperio. Los emperadores también tuvieron que traducirse.
Quizás por eso el detalle lingüístico del matrimonio de Carlos e Isabel resulta tan revelador para nuestro presente. Nos obliga a mirar el pasado con menos solemnidad y con más curiosidad humana. Una curiosidad, ciertamente, aleccionadora. El emperador más poderoso de Europa escribía sus pensamientos en francés, gobernaba en castellano y se movía entre territorios donde se hablaban muchas otras lenguas. La emperatriz portuguesa firmaba documentos oficiales en castellano, rezaba en portugués y criaba hijos que escucharían ambos idiomas desde la infancia. Entre ellos, el castellano se convirtió en una especie de puente. Un puente imperfecto, seguramente lleno de acentos y de pequeñas vacilaciones, pero suficiente para nutrir una relación. Es aquí donde se sostiene una de las ironías más bellas de esta historia imperial. Mientras los mapas del poder se extendían por medio mundo, el verdadero imperio se construía en una acción cotidiana a replicar: dos personas intentando entenderse.
Y, como ocurre hoy por hoy quizás mil millones de veces en un día cualquiera, ese entendimiento comenzó aprendiendo a hablarse.
Por Mauricio Jaime Goio.
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