Hay textos que no se escriben solamente con la tinta de la razón, sino con la respiración lenta de la memoria. Este es uno de ellos. Porque hablar de los padres en su día, o seguir a los hijos de la Revolución, o a los nietos, no es solamente ordenar generaciones: es asomarse al espejo tembloroso de Bolivia y preguntarse, con humildad y con dolor, qué hicimos con el sueño que nos fue entregado.

Los padres de las Revoluciones, cualquiera que hubieran vivido, soñaron una patria digna, democrática, justa y próspera. Algunos vivieron por ella; otros murieron por ella. Los hijos de la Revolución recibimos esa antorcha, pero tenemos que reconocer, sin maquillaje y sin coartadas, que no supimos cumplir del todo la misión. No les entregamos a nuestros hijos la Bolivia reconciliada que prometimos. Por eso, este ejercicio no puede ser solamente un viaje nostálgico. Tiene que ser también una confesión, una rendición moral de cuentas, una búsqueda sincera entre aciertos, errores, heridas y esperanzas.

Bolivia ha sido siempre un caldero hirviente. Un país hermoso y desgarrado, capaz de parir héroes y al mismo tiempo de devorar sus propios sueños. Nos han querido dividir con etiquetas: imperialistas y estalinistas ayer; neoliberales y neocomunistas después. Pero la vida es más compleja que cualquier consigna. Ningún ser humano cabe entero en una ideología. Todos somos, en alguna medida, como un cubo de Rubik: una mezcla movediza de colores, contradicciones, aprendizajes y mudanzas. La realidad cambia las ideas, y no al revés. Por eso, más que discutir nombres, deberíamos mirar el alma del tiempo que vivimos.

Y en ese paisaje interior, hay una figura que se levanta como ceibo de memoria y de ejemplo: la del padre. En este relato, Lorgio Serrate Vaca Díez deja de ser solamente un hombre de su tiempo para convertirse en una herencia viva, en mi herencia guía. Yo tardé en comprenderlo. Mientras yo miraba el mundo desde la ciencia, los números y la velocidad de la tecnología, él parecía venir de otra música, de otra arquitectura del espíritu. Yo hablaba de computadoras; él hablaba de cultura. Yo admiraba las exactitudes; él entendía la complejidad humana. Y fue apenas con los años, y quizás con la madurez que trae la pérdida, que comprendí que no estaba ante un hombre detenido en el pasado, sino ante un hombre del Renacimiento, uno de esos seres raros que saben unir justicia, belleza, servicio, memoria y ternura.

Por eso, más tarde, apareció en mi imaginación la figura de Crucelino Almafuerte: no como simple personaje de las candilejas carnavaleras, sino como símbolo. El ser cruceño con alma fuerte. El legado que no se borra. La presencia que sigue juzgándonos con cariño desde algún rincón invisible del tiempo. El taquirari “Pantalones Blancos”, sonando en la médula, terminó siendo mucho más que una melodía: fue el hilo secreto de una herencia.

Pero si tuviera que decir, en una sola palabra, cuál fue el mayor legado de ese padre, yo diría: amor. Amor a la vida, amor a la tierra, amor a Dios, amor al prójimo. Y unido a ese amor, el rasgo más alto, más difícil, más revolucionario de todos: el perdón. Ahí está, quizás, el centro moral de todo este relato.

Porque hay una escena que lo ilumina todo. La revelación tardía de que el abuelo había sido asesinado por odio político. Cualquier otro habría hecho de esa herida un testamento de venganza. Pero no. El padre eligió otra cosa. Eligió no transmitir el odio a la siguiente generación. Eligió romper la cadena. Eligió enseñar que nadie tiene derecho a heredarle rencor a sus hijos. Esa sola lección vale más que muchos discursos, más que muchas proclamas, más que muchas revoluciones. En un país acostumbrado a sembrar agravios, él decidió sembrar flores sobre la sangre. Y eso, en el fondo, es una de las formas más altas de la civilización. La vida, sin embargo, no se quedó en la intimidad. También pasó por el exilio, por la pobreza digna, por las mesas de almuerzo donde Bolivia se discutía a cucharadas, por las persecuciones, por los amigos improbables, por los antiguos adversarios que con el tiempo revelaban otros rostros. El exilio enseña una verdad muy dura: que la patria puede quedar lejos, pero nunca se sale del corazón. Uno puede estar afuera, pero sigue adentro. Sigue oyendo el pulso de su tierra como quien oye, en medio de la noche, la respiración de su propia madre.

Y en esa patria vista desde lejos, el Oriente boliviano aparecía como promesa y como tarea. Santa Cruz no era solo una región olvidada: era también una fuerza en gestación. El 11 por ciento de regalías se volvió número sagrado, bandera, destino. No se trataba solo de reclamar recursos, sino de sembrarlos. Sembrar petróleo para cosechar futuro. Sembrar desarrollo para que un día hubiera agua, pavimento, luz y dignidad. Antes de que la palabra se pusiera de moda, ya estaba latiendo allí una idea de sostenibilidad: hacer hoy las tareas del mañana.

Después vendría la obra concreta. La revolución de las regalías. El paso de la consigna a la carretera, del sueño al hospital, del discurso al aeropuerto, del mapa al agua potable. En CORDECRUZ, aquella esperanza se volvió construcción. Provincias olvidadas comenzaron a sentirse parte del porvenir. Y si alguna vez me preguntaron cuál fue el secreto de todo aquello, la respuesta siempre fue la misma: la honestidad. Nadie se sintió dueño del 11 por ciento; todos se sintieron administradores de una responsabilidad histórica. Sembrar y no saquear. Servir y no servirse. Ahí hubo una lección profunda para Bolivia entera.

Pero el mundo siguió cambiando. Cayeron muros, se agotaron relatos, envejecieron consignas. El socialismo real mostró sus garras; el imperialismo perdió su máscara heroica; las ideologías quedaron muchas veces como disfraces vacíos. Y mientras tanto, el mundo entró en la revolución digital, y ya asoma la revolución cuántica. Las fronteras son otras. Las luchas son otras. Los mercados son otros. Hasta el poder tiene otros rostros. Sin embargo, Bolivia sigue demasiadas veces atrapada en palabras viejas, en hábitos viejos, en resentimientos viejos.

Por eso, la revolución pendiente ya no puede ser la repetición de las antiguas trincheras. No se trata de reemplazar una rosca por otra, ni un privilegio por otro, ni un dogma por otro. La revolución que hace falta es una revolución democrática, ética, productiva y espiritual. Una revolución del trabajo, porque sin trabajo no hay dignidad, ni salud, ni educación, ni futuro. Una revolución de la solidaridad, porque la pandemia nos enseñó que solos no nos salvamos. Una revolución de la descentralización, porque ningún país puede respirar con un solo pulmón. Una revolución del conocimiento, porque el mundo ya no espera a los que llegan tarde. Y, por encima de todo, una revolución del comportamiento, del alma pública, de la responsabilidad frente al otro.

A los cruceños, y quizás también a todos los bolivianos, la Historia nos está dejando una advertencia luminosa: solos no vamos a ningún lugar. Santa Cruz ya no puede pensarse solo como periferia agraviada; tiene que verse como protagonista generoso de una mesa redonda nacional. Bolivia necesita dejar de ser una pirámide de imposiciones y convertirse en una ronda de regiones, ciudades y pueblos que se reconozcan entre sí como hermanos con iguales derechos y deberes. Las ciudades intermedias, los nuevos polos de trabajo, la articulación productiva, la educación moderna, la justicia verdadera: todo eso forma parte del mapa de la esperanza.

Y entonces vuelve la pregunta final: ¿cómo se hace una nueva revolución? Cada época respondería con su propia liturgia. Unos hablarían de violencia; otros de masas; otros de cabildos; otros de reformas. Pero después de todo lo vivido, después de todo lo perdido y aprendido, yo me quedo con la respuesta más difícil y más alta. La que seguramente daría Lorgio Serrate, mi padre. Nada de eso será posible sin amor y sin perdón.

Sin amor, la inteligencia se vuelve cálculo. Sin perdón, la memoria se vuelve veneno. Sin trabajo, la libertad se vuelve consigna vacía. Y sin una visión compartida de país, cada región terminará encerrada en su propio miedo.

Por eso, si algo debemos dejarles a los nietos de la Revolución y a los bisnietos que ya vienen empujando desde la aurora, no es un manual de amarguras, sino una brújula. Decirles que sí, que hemos fallado. Pero también decirles que aún hay semillas bajo la ceniza. Que todavía se puede reconstruir una Bolivia donde la justicia no sea un adorno, donde la democracia no sea una pausa, donde el trabajo vuelva a ser bandera, y donde la patria deje de ser un campo de agravios para volver a ser una casa compartida.
Ese es, acaso, el verdadero milagro pendiente: que la nostalgia no nos paralice, sino que nos purifique; que la memoria no nos encadene, sino que nos ilumine; y que el porvenir, en vez de asustarnos, nos convoque.

Porque al final, toda revolución que no desemboque en la dignidad humana, en la fraternidad y en la paz, termina devorándose a sí misma. Y toda patria que olvida el amor y el perdón, termina extraviando su alma.

Por Oscar Serrate Cuéllar, doctor en ingeniería, ex presidente de CORDECRUZ y ex embajador de Bolivia en EUA.

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