Durante décadas, Alemania y Japón aprendieron a moverse con cautela. Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, ambos países, en parte por convicción y en parte por imposición, construyeron una identidad política basada en la desconfianza hacia el poder militar y una dependencia explícita de Estados Unidos para su seguridad. Fue una renuncia a un derecho legítimo, marcado por la culpa. Un pacto con la historia, con el orden internacional y con su conciencia.

La reanudación de la cooperación militar entre Berlín y Tokio, que incluye proyectos conjuntos de armamento y la exploración de sistemas alternativos de defensa, marca un giro. Un hito que más allá de misiles, drones o cazas furtivos, marca el fin de una sensibilidad política que durante décadas definió a ambos países.

Mientras otras potencias afirmaban su soberanía a través de la fuerza, ellos la moderaban. Alemania, integrada en la OTAN, y Japón, protegido por el paraguas militar estadounidense, externalizaron su defensa. Aquella decisión constituía un reconocimiento tácito de que el poder, mal ejercido, podía conducir al abismo.

En los últimos años las tensiones geopolíticas se han multiplicado. La guerra en Ucrania reconfiguró las prioridades de seguridad en Europa, mientras en Asia el ascenso de China y la incertidumbre persistente en torno a Taiwán han alterado el equilibrio regional. A ello se suma la desconfianza en Estados Unidos como garante último de la seguridad global.

Es en ese contexto donde el acercamiento entre Alemania y Japón adquiere sentido. Ambos países, hasta hace poco competidores en la industria de defensa, hoy exploran alianzas. Intercambian tecnología, estudian la producción conjunta de misiles, evalúan proyectos alternativos a los grandes sistemas de combate existentes y se posicionan en un nuevo mapa de seguridad global. No lo hacen por nostalgia, sino porque perciben un vacío.

Alemania y Japón comienzan a dejar atrás una identidad construida sobre sus cuentas por pagar, definida por un nunca más. De manera gradual transitan hacia una identidad afirmativa, la de actores que deben tomar decisiones, asumir riesgos y ejercer poder.

En Alemania, el recuerdo del siglo XX sigue operando como una conciencia vigilante. Cada paso hacia el rearme se discute, se justifica y se reviste de un lenguaje de responsabilidad internacional. Japón, una sociedad que durante décadas se definió como pacifista, comienza a aceptar la necesidad de fortalecer sus capacidades militares. En ambos casos el pasado no desaparece, se reconfigura.

A diferencia de la primera mitad del siglo XX, este nuevo acercamiento no se construye sobre la comunión de una ideología nacionalista o sobre la identificación de un enemigo común. Se articula en torno a la noción de un “orden internacional basado en reglas”, una expresión que se repite mucho en la diplomacia contemporánea. Noción que se sostiene en una gran fragilidad. Porque subrayar las reglas es admitir que ya no se sostienen por sí solas. La cooperación entre Alemania y Japón puede entenderse como un intento de apuntalar un orden que ambos perciben amenazado. 

El gran pero es que, al reforzar sus capacidades militares, Alemania y Japón contribuyen inevitablemente a una dinámica de competencia mundial. Nos enfrentamos a un movimiento más amplio en el que potencias grandes y medianas buscan asegurarse frente a un futuro incierto. El gesto puede tener intenciones defensivas, pero sus efectos son potencialmente expansivos.

Para quiénes crecimos y nos desarrollamos en el siglo XX, el regreso a las pistas de la guerra de Alemania y Japón nos hace mucho ruido. Pero, reconozco, más allá de las sensaciones lo real es que la historia no se repite, a lo más se transforma, adoptando nuevas formas. El verdadero riesgo no es regresar al pasado tal como fue, sino reproducir sus lógicas bajo otros nombres y justificaciones. Por eso lo más significativo de este momento no son los acuerdos firmados ni los sistemas de armas en desarrollo, sino la transformación silenciosa de la cultura política. Alemania y Japón están aprendiendo a habitar un mundo donde la seguridad no está garantizada, donde la protección externa ya no es suficiente y donde la responsabilidad no puede delegarse por completo.

Por Mauricio Jaime Goio.

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