El trabajo siempre ha sido mucho más que una simple forma de subsistencia. Es una construcción simbólica que da cuenta de un modo personal de ocupar un lugar en el mundo, de justificar la propia existencia. Trabajar significa ser necesario, socialmente reconocible. Incluso en sus formas más duras, el trabajo nos ofrece ser parte de un relato que habla de esfuerzo, recompensa y continuidad. La modernidad ha sido el gran consolidador de esa lógica.
El sentido del trabajo, que originalmente las sociedades ancestrales anclaron a lo trascendente, la modernidad secular lo trasladó al plano terrenal. Ya no se trataba de salvar el alma, sino de construir una vida útil. El trabajo se volvió parte de una ética que relacionaba productividad con merecimientos.
Por eso, cuando la inteligencia artificial irrumpe no solo como apoyo sino como sustituto potencial, la inquietud que provoca no puede reducirse a una discusión cuantitativa acerca del empleo. La pregunta de fondo no es cuántos puestos desaparecerán, sino qué ocurre cuando aquello que nos daba sentido deja de necesitarnos.
En el diseño original, la inteligencia artificial aparecía como una aliada, acelerando procesos y simplificando tareas. Pero, con el tiempo, mostró una cara distinta siguiendo derroteros insospechados. Se transformó en una amenaza directa al empleo. Y en este nuevo camino debemos comprender que lo que destruye no es solo un puesto de trabajo, sino un principio que sostiene buena parte de nuestra identidad. Hemos aprendido a evaluarnos en términos de nuestra productividad. Gran parte de nuestra identidad se organiza alrededor de lo que hacemos. ¿Qué ocurre cuando perdemos ese referente? ¿Cómo se sostiene la identidad cuando el parámetro se vuelve inestable?
La escena se repite en distintos contextos y funciones. Puede ser un diseñador que observa cómo un sistema genera en segundos propuestas que antes requerían días. O un periodista que ve como se multiplican los textos producidos por un algoritmo. No hay gran estruendo. Se trata, más bien, de una erosión lenta, íntima, difícil de nombrar.
En América Latina, donde el trabajo ha sido históricamente inestable, fragmentado y muchas veces informal, la relación entre empleo e identidad nace fisurada. Aun así, se sostiene en la promesa de que el esfuerzo sostenido puede traducirse en estabilidad. Una fe discreta y operativa, que comienza a tambalear. La inquietud se expresa en conversaciones cotidianas, al tenor de un “¿para qué estudiar tanto?”, o “si esto lo puede hacer una máquina” o “¿qué va a quedar para nosotros?”. Son cuestionamientos referenciales, porque más que los ingresos lo que está en juego es la pertenencia.
El trabajo, casi sin que lo percibamos, organiza el tiempo, los vínculos, las jerarquías, las rutinas. Es el esqueleto invisible de la vida social moderna. Y lo que hace la inteligencia artificial no es destruirlos de golpe, lo vuelve innecesario. Un desplazamiento que conduce al vacío. Pues si el valor de una vida ha estado ligado durante tanto tiempo a su utilidad, ¿qué ocurre cuando esa utilidad deja de ser demandada? La inteligencia artificial introduce una crisis de sentido.
En rigor, la tecnología no es la que crea este problema, simplemente lo expone. Nos enfrenta a la contradicción de haber reducido el valor humano a su capacidad de producir en un mundo que ya no necesita tanta producción humana. Es la culminación de una lógica que hemos ido perfeccionando durante siglos, sin hacer cuestión.
Sin embargo, como en toda crisis, nos enfrentamos a una disyuntiva que, visto del lado positivo, abre posibilidades. Si el trabajo deja de ser el eje exclusivo del sentido, quizás sea necesario volver la mirada hacia aquello que quedó relegado. La conversación sin propósito, el tiempo compartido, la creación que no responde a una demanda, el cuidado de otros. No como actividades secundarias, sino como formas centrales de existencia.
Es un desplazamiento que requiere una transformación cultural profunda. Implica desmontar la convicción tan arraigada de que el valor de una vida se mide por su utilidad. Y eso únicamente lo podemos resolver a nivel cultural.
Tal vez el error sea intentar competir con la máquina desde sus virtudes: eficiencia, velocidad, precisión. El desafío consiste en profundizar en aquello que no puede ser optimizado. No por superior, sino por irreductible. Por ahora, lo que predomina es esa sensación difusa de estar corriendo detrás de algo que ya no sabemos si vale la pena alcanzar.
Por Mauricio Jaime Goio.
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