El laureado escritor norteamericano Cormac MacCarthy, fallecido en 2017 y que tuvo un paso por la Universidad de Santa Fe, escribió un muy interesante artículo en el cuál reflexionaba sobre el origen del pensamiento y su relación con el lenguaje. Titulado El Problema de Kekulé, aborda el tema de la participación del inconsciente en la resolución de problemas.
El título alude a la experiencia real del químico alemán Fiedrich Kekulé buscando dar con la estructura del benceno. El mismo científico relato que en 1865 soñó con una figura extraña, que le pareció era una serpiente, que giraba sobre si misma y se mordía la cola. Era un uróboros, una imagen del infinito (muy reproducida en tradiciones ancestrales), que dio con la solución a su problema. Para MacCarthy lo relevante de esta historia no fue el resultado, sino el proceso. La solución no se le presenta a Kekulé como un texto escrito o hablado, sino como una imagen.
Estamos acostumbrados a pensar al lenguaje como base del pensamiento. Nuestro sentido común nos indica que primero nombramos, luego entendemos. En su artículo el autor norteamericano invierte ese orden. Afirma que pensamos antes de hablar, en un territorio donde las palabras no existen. El lenguaje no sería el origen del pensamiento, sino una traducción tardía, un intento incompleto de capturar algo que ya ocurrió en otra parte.
Esta idea desplaza la racionalidad del pedestal en que la hemos colocado. Si el pensamiento es, en gran medida, inconsciente, entonces la conciencia no es más que una narradora que llega tarde a los hechos. Relata, organiza, da forma, pero no origina. Visto así, el lenguaje sería una mediación, una forma de domesticar la experiencia, de hacerla comunicable, aun a costa de simplificarla.
Para McCarthy el lenguaje no surge como una necesidad biológica. No es una adaptación para la supervivencia. Los otros mamíferos viven sin él. Sería una irrupción. Casi como un parásito que se instala en un cerebro que ya funcionaba sin necesidad de palabras.
Pensar el lenguaje como un intruso implica asumir que nuestra relación con él es conflictiva. Que hay en nosotros un mecanismo mucho más antiguo, el inconsciente, que lo desconoce. De ahí la resistencia y la preferencia por las imágenes, por los sueños, por las formas no verbales de expresión.
En la vida cotidiana, a pesar de nuestra fe puesta en la razón, muchas veces las soluciones aparecen de golpe, sin mediación consciente. Mediante un mecanismo del que hablamos mucho, pero al que le tenemos poca fe: la intuición. Algo que entendemos poco y que no es otra cosa que el trabajo silencioso de ese sistema antiguo. Lo que llamamos pensar es, en buena medida, descubrir lo que ya ha sido pensado en otra parte. Algo que a nuestra cabeza racional, tan occidental y orgullos da la herencia cartesiana, le cuesta mucho entender
Durante siglos, Occidente ha construido su identidad en torno al logos, al discurso. Desde la filosofía griega el lenguaje ha sido el instrumento privilegiado para acceder a la verdad. Para McCarthy ese instrumento no es origen, sino superficie. Y bajo esa superficie opera una lógica distinta, más antigua, opaca.
El inconsciente, desde esta perspectiva, no es un depósito caótico, sino una maquinaria eficaz. Una estructura que organiza nuestras percepciones y guía las decisiones. Y lo hace sin palabras. Cuando se comunica con nosotros lo hace mediante imágenes que exigen interpretación. Los sueños no explican, sugieren, sin entregar respuestas, sino planteando enigmas.
Es una forma de comunicación que obliga a quien la recibe a participar, a completar el sentido. No se trata de transmisión directa, sino de elaboración. El inconsciente como un narrador que construye escenas que nos van dejando pistas.
En cambio, el lenguaje busca claridad y reducir la ambigüedad, fijando significados y estableciendo relaciones estables. Es una herramienta de orden, pero también de pérdida. Porque en el proceso de nombrar, algo se pierde siempre. La experiencia se vuelve relato, y el relato nunca agota la experiencia.
Quizás por eso el arte insiste en tensionar el lenguaje, en llevarlo al límite. La literatura, la pintura, la música, la poesía, el cine, buscan recuperar algo de esa dimensión previa, esa zona donde las palabras aún no han fijado el mundo. No es casual que muchas de las imágenes más poderosas de la cultura sean, precisamente, imágenes. Formas que piensan sin decir.
En un mundo saturado de discursos, donde todo parece requerir explicación inmediata, McCarthy introduce una pausa, considerando que hay un saber que no pasa por las palabras. Quizás el desafío no sea hablar mejor, sino aprender a escuchar esa arcaica voz interna que nos habla a través de imágenes.
Por Mauricio Jaime Goio.
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