Suspiro: qué ganas de que la sede de Gobierno se vaya a cualquier otra parte. De tanto ojo por ojo ya ni siquiera estamos tuertos. Suspiro: qué malditas ganas de viajar lejos y olvidarme de todo esto. Y una señora, campesina, que respeto mucho, me dice: «Ya deberían salir nomás los militares». «¡Pero usted me contó cómo baleaban gente en el Laikacota y vimos cómo asesinaron en octubre, aquí en Ovejuyo!». Es la desesperación la que habla. ¿Qué hemos hecho para merecer este castigo?
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