Cuando las máquinas nos consuelen

Confieso una herejía televisiva: ya no tengo paciencia para las series largas. No siempre fue así. Pertenezco a una generación que creció con telenovelas de doscientos capítulos y radionovelas donde una puerta demoraba tres semanas en abrirse. No existía el botón para adelantar escenas ni plataformas para devorar temporadas completas durante un fin de semana. Había que esperar. Y la espera formaba parte de la historia.