Hay una curiosa paradoja que solo entendí después de vivir fuera de Bolivia. Mientras estaba aquí, hacía lo que casi todos hacemos: criticar al país con entusiasmo. Los gobiernos, los bloqueos, la economía pendular y esa facilidad tan nuestra para tropezar otra vez con la misma piedra. Pero bastó cruzar una frontera para descubrir que, cuando alguien hablaba mal de Bolivia, el primero en salir a defenderla era yo.
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