Las mismas viejas trampas

Homero y Dostoyevski no reconocerían casi ninguna de las herramientas con las que vivimos hoy. Hablamos con personas del otro lado del planeta en tiempo real, llevamos bibliotecas enteras en el bolsillo y dejamos que los algoritmos decidan qué noticias leer o qué música escuchar. Cambiamos el pergamino por la nube, la carreta por el automóvil y la carta manuscrita por WhatsApp.

Pero seguimos enamorándonos igual. Sentimos culpa, envidiamos, tememos, dudamos, esperamos y buscamos un lugar al que llamar hogar.