“Vengo de San Buenaventura y tenemos que cerrar el ingenio azucarero. Nunca ha producido un gramo de azúcar y nos han hecho creer que era una empresa productiva del Estado”, me contó un amigo allá por la década de los 90 del siglo pasado. Agregó que el equipo legal al que pertenecía había detectado muchas otras empresas deficitarias que causaban daño económico a Bolivia.
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