La consagración de rage bait como palabra del año revela un giro cultural inquietante: la ira dejó de ser una reacción moral para convertirse en mercancía. En la economía de la atención, el enojo organiza el debate público, moldea la política y redefine la forma en que consumimos dolor, información e identidad en la era digital.
Oxford eligió rage bait como palabra del año. No estamos ante una moda digital ni de una jerga pasajera de internet. El rage bait, ese contenido diseñado deliberadamente para provocar indignación, revela un cambio cultural profundo, que es la transformación de la ira en un recurso productivo, en una materia prima que circula, se monetiza y se reproduce dentro de la economía de la atención.
Durante siglos, la ira ocupó un lugar ambivalente en nuestra cultura. Fue considerada un vicio, una pasión peligrosa, pero también una reacción legítima frente a la injusticia. En muchas tradiciones religiosas y filosóficas, la ira debía ser contenida, educada o sublimada. Hoy, en cambio, la ira ya no necesita justificación moral. Basta con que genere interacción. El enojo dejó de ser una respuesta y pasó a ser un producto.
Las plataformas digitales no inventaron esta emoción, pero sí la reorganizaron. En el ecosistema algorítmico, la indignación es eficiente. Detiene el desplazamiento automático, activa el comentario impulsivo, estimula la confrontación y prolonga el tiempo de permanencia. Cada una de esas acciones se traduce en datos, visibilidad y dinero. Así, la ira se convierte en una fuerza estructural del entorno digital, no en una anomalía.
Desde una perspectiva cultural, este fenómeno marca un quiebre en la manera en que una sociedad se narra a sí misma. El paso del clickbait al rage bait no es solo una evolución técnica, constituye un desplazamiento simbólico. Antes se apelaba a la curiosidad, una emoción asociada al descubrimiento, al saber. Ahora se apela a la furia, una emoción asociada a la reacción inmediata y al cierre del diálogo. La cultura digital ya no promete conocimiento, promete catarsis.
Este cambio tiene consecuencias profundas en la forma en que construimos sentido colectivo. La indignación permanente genera una ilusión de participación, pues comentar, compartir, denunciar parece una forma de acción. Pero en la mayoría de los casos es una acción sin consecuencias, sin proyecto y sin memoria. La ira se consume a sí misma. Arde rápido, se extingue y deja espacio a la siguiente provocación. Es una cultura del sobresalto.
Las recientes tragedias convertidas en espectáculo —muertes transmitidas, violencias viralizadas, sufrimientos reciclados como contenido— exponen el vértice más crudo de esta lógica. El dolor ajeno ya no convoca al silencio ni a la reflexión, sino a la reacción emocional inmediata. La víctima se convierte en insumo narrativo. El sufrimiento, en una escena más dentro del flujo interminable de estímulos. Culturalmente, esto implica una erosión de la empatía. No porque dejemos de sentir, sino porque sentimos intensamente y muy rápido.
La política, inevitablemente, se ha adaptado a este clima. Hoy, muchos liderazgos ya no se construyen a partir de programas, ideas o proyectos de largo plazo, sino desde la capacidad de provocar. El escándalo reemplaza al argumento, el insulto, a la persuasión. No se busca convencer al adversario, sino movilizar emocionalmente a los propios. En este contexto, la política se vuelve espectáculo y el debate público, una sucesión de incendios controlados por algoritmos.
El rage bait prospera porque encuentra un terreno fértil en sociedades fragmentadas, cansadas, desconfiadas. La indignación ofrece una recompensa simbólica inmediata. Hace sentir que uno “tiene razón”, que pertenece a un bando moralmente superior. Es una identidad rápida, sin costos y sin obligaciones. No exige comprender al otro, solo rechazarlo.
Desde una mirada antropológica, podríamos decir que el rage bait funciona como un ritual de cohesión negativa. No nos une lo que compartimos, sino aquello que odiamos en común. La comunidad ya no se construye alrededor de valores, sino de enemigos. Y ese enemigo cambia constantemente, según las tendencias del día.
¿Qué tipo de cultura estamos alimentando cuando premiamos sistemáticamente el enojo por sobre la reflexión? ¿Qué sucede con una sociedad que confunde intensidad emocional con profundidad moral? Tal vez el desafío no sea eliminar la ira, una emoción humana que puede llegar a ser0 justa, sino devolverle su vínculo con el juicio y la responsabilidad.
Porque cuando la indignación se convierte en mercancía, no solo se degrada el debate público. Se empobrece la cultura. Y una cultura que vive permanentemente enojada termina perdiendo la capacidad de comprenderse a sí misma.
Por Mauricio Jaime Goio.
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