¿Qué queda de la vocación cuando entra en escena el sueldo? Este ensayo explora el sentido original de la vocación, como llamado y no como cálculo. Es indudable la tensión que se produce entre trabajo, dinero y sentido, en un mundo que exige que el oficio no solo sostenga la vida, sino que también la justifique.
La palabra vocación proviene del latín vocare, que significa llamar. En su sentido original, la vocación no era una decisión personal ni una estrategia de vida, sino una respuesta a una voz que irrumpe desde fuera. En la antigüedad, esa voz podía ser la de Dios, la patria o el conocimiento. El monje obedecía el llamado divino, el soldado respondía a la patria, el sabio se entregaba al saber. La vocación era una interpelación, no una elección. No se discutía, se obedecía.
Este concepto, sin embargo, ha cambiado radicalmente. En la actualidad, la vocación ha sido desplazada de la esfera de lo sagrado a la del mercado. Ya no se trata de escuchar una voz trascendente, sino de responder a una pregunta práctica: “¿A qué te vas a dedicar?” O, más crudamente: “¿De qué vas a vivir?” La vocación, que antes prometía sentido, hoy debe garantizar ingresos.
El paso de la vocación al mercado implica una transformación cultural profunda. La vocación deja de ser una experiencia interior y se convierte en un proyecto económico. Se mide en términos de empleabilidad, rentabilidad y proyección. En ferias universitarias y charlas motivacionales, se habla de “alinear tu vocación con el mercado”, como si la vocación fuera un producto que debe ubicarse en la góndola correcta. El llamado interior debe adaptarse a la demanda externa.
Desde esta perspectiva, la vocación se vuelve sospechosa si no paga. El músico que no vive de la música “no tiene vocación”, el escritor que trabaja de otra cosa “no se la jugó”, el profesor mal remunerado es invitado a reconvertirse. El problema ya no es si uno escucha una voz, sino si esa voz genera flujo de caja. El sentido se subordina al salario.
Sin embargo, reducir la vocación al ingreso monetario es empobrecerla. Pero también romantizarla al margen del dinero es una forma de irresponsabilidad. La vocación no se ejerce en el vacío, necesita tiempo, energía y condiciones materiales. Incluso los llamados más puros requieren un cuerpo alimentado y una vida sostenida. El hambre también grita, y a veces más fuerte que la vocación.
En la práctica, la vocación aparece como un campo de negociación. No siempre es una revelación súbita, sino un proceso. Muchas veces no se descubre antes del trabajo, sino en el trabajo. Hay vocaciones que no se anuncian con trompetas, sino que se revelan en la repetición del oficio. Se aprende a querer lo que se hace porque se lo hace bien, y no al revés. La destreza precede al sentido.
Esta idea incomoda a una cultura obsesionada con la pasión. Nos han enseñado que primero hay que amar, y luego trabajar. Pero históricamente ha sido al contrario. El artesano ama su oficio porque lo domina, el médico encuentra sentido en la práctica cotidiana, el profesor descubre su vocación frente al aula. La vocación no como flechazo, sino como sedimentación.
Hay algo profundamente moderno, a la vez cruel, en exigir que el trabajo sea, al mismo tiempo, fuente de sentido, identidad y subsistencia. Nunca antes se le pidió tanto al trabajo. Antes, el sentido podía venir de la religión, la comunidad, la familia. Hoy se lo cargamos todo al empleo. Si no nos realiza, sentimos que fracasamos. Si no nos apasiona, dudamos de nuestra vocación.
Esta exigencia produce una angustia estructural. Generaciones enteras viven la vocación como deuda. Como si la vida fuera una sala de espera previa al verdadero llamado. Pero tal vez la vocación no tenga una voz clara, sino sea un murmullo que se afina con el tiempo. Tal vez no sea una elección pura, sino una respuesta situada, condicionada, imperfecta.
Pensar la vocación desde lo práctico no significa negarla, sino humanizarla. Hay que reconocer que la vocación no siempre coincide con el deseo, que puede cambiar, fragmentarse, incluso agotarse. Que hay etapas de la vida donde se trabaja por necesidad y otras donde se puede trabajar por sentido. Que no todo llamado es permanente.
La vocación, en su sentido más honesto, no promete felicidad, sino dirección. No asegura riqueza, pero orienta. Y a veces esa orientación se limita a recordarnos qué no queremos hacer o dónde no queremos quedarnos. En un mundo donde el trabajo es inestable y el futuro opaco, incluso esa claridad parcial es valiosa.
Quizás haya que recuperar una idea más modesta de la vocación. No como destino heroico ni como emprendimiento rentable, sino como una relación posible entre lo que hacemos, lo que sabemos hacer y lo que el mundo nos permite hacer. Una conversación tensa entre la voz interior y la realidad económica.
Por Mauricio Jaime Goio.
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