Recordar no es volver al pasado, sino reescribirlo. Entre el olvido, el sesgo y la imaginación, la memoria construye una identidad inestable pero necesaria: la historia que nos contamos para seguir viviendo.
Recordar no es un acto pasivo ni un viaje de regreso al pasado. Es, más bien, una operación creativa. Cada recuerdo es una versión revisada de lo vivido, una escena recompuesta desde el presente, atravesada por emociones actuales, creencias acumuladas y silencios convenientes. La memoria, lejos de ser un archivo fiel, funciona como un taller narrativo: edita, corrige, subraya y elimina. En ese ejercicio cotidiano se juega una pregunta central de nuestra época —y de todas—: ¿somos seres reales o la ficción que construyen nuestros recuerdos?
Jorge Luis Borges lo intuyó en su relato Funes el memorioso. El protagonista, condenado a recordarlo todo, descubre que la memoria absoluta no es un don sino una maldición. Incapaz de olvidar, Funes no puede pensar. Cada detalle tiene el mismo peso, cada instante la misma relevancia. No hay jerarquía, no hay abstracción, no hay relato. Borges comprendía el olvido no es una falla del sistema, sino una condición de posibilidad.
Hoy sabemos que la memoria no funciona como una grabación inalterable de la realidad. Es reconstructiva. Cada vez que recordamos, reescribimos. El recuerdo se recompone con fragmentos, asociaciones y afectos. El pasado, contra lo que podría dictar el sentido común, no permanece fijo, se mueve con nosotros. Rememoramos lo que somos capaces o necesitamos recordar.
Si nuestros recuerdos cambian, también cambia la idea que tenemos de nosotros mismos. La identidades parte de un relato en permanente edición. Somos, en gran medida, un relato que construimos sobre nosotros. Una historia incompleta, sesgada, muchas veces indulgente. La memoria actúa como un editor que resalta ciertos episodios, borra otros, suaviza culpas, exagera agravios. El yo es una autobiografía con lagunas estratégicas.
El sesgo constituye una estrategia de supervivencia. Recordar cada pérdida con la misma intensidad original, cada humillación sin atenuantes, cada miedo en su forma más cruda haría la vida psicológicamente inviable. La distorsión cumple una función adaptativa, permitiendo resignificar el trauma, convertir el dolor en aprendizaje. Mentirnos es, muchas veces, una forma de cuidado.
Así recordamos de manera congruente con nuestro estado emocional presente. Cuando estamos heridos, recordamos agravios. Cuando estamos enamorados, recordamos besos y abrazos. Cuando estamos resentidos, recordamos traiciones. El pasado se acomoda al ánimo actual como un espejo complaciente. A fin de cuentas, estamos buscando una coherencia interna del relato que sostiene nuestra identidad.
Lo mismo es aplicable a nivel grupal. Las sociedades seleccionan hitos, construyen épicas, silencian zonas incómodas. Las memorias colectivas no narran el pasado tal como fue, sino como conviene recordarlo. La nostalgia, por ejemplo, es una memoria edulcorada que omite conflictos y exagera armonías. Por eso resulta tan eficaz como herramienta de poder. Es claro que quien controla el relato del pasado condiciona la imaginación del futuro.
La apelación a un pasado idealizado funciona como refugio emocional y como dispositivo político. Se invoca una edad dorada que nunca existió del todo, pero que ofrece consuelo frente a un presente incómodo. La memoria, así, deja de ser un ejercicio reflexivo y se convierte en un instrumento de manipulación.
La tecnología digital añade un mayor nivel de complejidad. Vivimos rodeados de dispositivos que registran cada instante: fotos, videos, mensajes, archivos de audios. Creemos que así preservamos el pasado tal como fue. Pero esta ilusión de objetividad no elimina el sesgo, simplemente lo desplaza. Seguimos eligiendo qué registrar, qué revisar, qué compartir. Además, al externalizar la memoria, empobrecemos la experiencia vivida. Documentamos más, recordamos menos. Acumulamos pruebas del pasado, pero perdemos la vivencia profunda que permite transformarlo en memoria significativa.
El riesgo no radica en el olvidar, sino en dejar de recordar de manera humana. La memoria no se fortalece por acumulación, sino por sentido. Recordamos aquello que fue significativo, no aquello que fue exhaustivamente documentado. Como Funes, el memorioso del siglo XXI corre el peligro de confundir cantidad con profundidad, registro con experiencia.
La ficción no es lo opuesto a la verdad, sino una manera humana de hacerla habitable. Vivir es recordar selectivamente, definirse a la medida de nuestra narración. La memoria no nos dice con exactitud quiénes fuimos, pero sí quiénes creemos ser. Y en ese delicado acto de fe, hecho de olvidos necesarios y recuerdos inventados, se juega nuestra humanidad.
Por Mauricio Jaime Goio.
Invitación a apoyar a Ideas Textuales
Desde que lanzamos Ideas Textuales, nuestro objetivo ha sido narrar reflexiones e historias que no salen en las noticias habituales.
Este proyecto es independiente, sin auspiciantes políticos ni corporativos. Lo sostenemos con nuestro tiempo, esfuerzo y una profunda convicción de compartir nuestras lecturas y escrituras.
Si este espacio te ha hecho reflexionar, te ha llegado, informado o inspirado, podés apoyarlo con un aporte voluntario.
Cada donación nos permite seguir escribiendo, investigar más a fondo y llegar a más personas con historias que valen la pena.

Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
