Durante décadas creímos que avanzar era sinónimo de mejorar. Hoy, rodeados de progreso técnico y desprovistos de horizonte, vivimos no en la promesa del mañana, sino en la administración permanente de la incertidumbre.
Durante siglos, la humanidad vivió bajo el influjo de una convicción poderosa: el futuro era una promesa luminosa. Se trataba de fe íntima en que el mañana sería mejor que el hoy, en que los hijos vivirían más y mejor que los padres, y en que la historia avanzaba hacia algún destino superior. Esta narrativa del progreso, tan arraigada en la modernidad, ordenaba el sentido de los sacrificios presentes y justificaba la esperanza en el porvenir.
La idea de progreso se consolidó como uno de los grandes relatos fundacionales de Occidente. Surgió cuando la razón desplazó a la providencia y la ciencia al milagro. La Ilustración, la revolución industrial, la medicina moderna, la escuela pública y el Estado de bienestar parecían confirmar que la humanidad había encontrado por fin una dirección. Progresar no era solo avanzar técnicamente, sino moralmente: vivir más, sufrir menos, comprender mejor.
Sin embargo, este relato no estuvo exento de sombras. El progreso funcionó durante décadas, aunque no sin violencia, desigualdad ni exclusiones. Las ciudades crecían, las máquinas aceleraban la vida, la ciencia explicaba el mundo y la tecnología prometía emancipación. Pero también trajo consigo explotación laboral y degradación ambiental. La medicina moderna extendió la vida, pero generó dilemas éticos y desigualdades en el acceso. La conectividad global multiplicó las oportunidades, pero también las ansiedades y las brechas sociales.
No hubo un día preciso en que el progreso se desplomó, fue más bien un desgaste simbólico, una lenta pérdida de confianza en que los avances tecnológicos y científicos se traducirían automáticamente en una vida mejor. Hoy, rodeados de innovaciones, tenemos más información que nunca, pero menos horizonte; más conectividad, pero menos sentido. El progreso continúa produciendo novedades, pero ha perdido su capacidad de ofrecer futuro.
La palabra que mejor describe nuestra época es “gestión”. Gestionamos crisis, riesgos, emociones, expectativas. Ya no imaginamos utopías, administramos daños. El futuro ha dejado de ser promesa y se ha convertido en un conjunto de escenarios probables, casi siempre inquietantes. El cambio climático, las pandemias, la inteligencia artificial, el colapso democrático y la violencia difusa configuran un panorama donde no esperamos que el mundo mejore, sino que no empeore demasiado rápido. El progreso ya no se celebra: se regula.
Este desencanto tiene causas profundas y diversas. Por un lado, muchos de los problemas que hoy nos angustian son producto del propio progreso. El progreso se volvió sospechoso de sus éxitos, y la confianza en sus beneficios se erosionó ante la evidencia de sus efectos secundarios.
Por otro lado, la globalización aceleró la circulación de bienes, ideas y personas, pero también intensificó la competencia y la precariedad. La polarización política y el auge de discursos anticientíficos han debilitado el consenso sobre el valor del conocimiento y la cooperación internacional. La crisis financiera de 2008, la pandemia de COVID-19 y los conflictos geopolíticos recientes han mostrado la fragilidad de las estructuras que sostenían la promesa de progreso.
Lo que se rompió, en el fondo, no fue el progreso como hecho material, sino como relato cultural. Vivimos en un presente extendido, saturado de urgencias, donde el futuro aparece más como carga que como promesa. No proyectamos grandes ideales colectivos. El progreso, despojado de su dimensión moral, quedó reducido a eficiencia.
Este desencanto se percibe en una forma de cansancio que no proviene del fracaso, sino del esfuerzo constante por sostener un mundo que parece siempre al borde del desajuste. Nos dijeron que avanzaríamos hacia una vida más simple y terminamos atrapados en una complejidad permanente. Nos prometieron libertad y aprendimos a convivir con la ansiedad de elegirlo todo.
La promesa rota del progreso exige una revisión cultural profunda. Requiere volver a pensar el futuro no como destino inevitable, sino como decisión colectiva. Reconstruir una narrativa del progreso que reconozca sus límites y paradojas, pero que también recupere la capacidad de inspirar proyectos comunes. Esto implica asumir la complejidad de los desafíos actuales y apostar por la cooperación, la innovación responsable y la solidaridad.
Mientras tanto, seguimos despertando cada mañana para descubrir, con alivio, que el planeta sigue girando. Hemos aprendido a vivir no con la promesa de un mañana mejor, sino con la tarea cotidiana de sostener el presente. Pero quizá, en esa tarea, se encuentre el germen de una nueva promesa: la de construir juntos un futuro digno de ser esperado.
Por Mauricio Jaime Goio.
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