La guerra en Ucrania se ha vuelto parte del decorado de los informativos a nivel mundial. Entre la anestesia moral, la gestión del horror y la incapacidad contemporánea de imaginar finales, el conflicto expone una cultura que aprende a convivir con la violencia sin escándalo ni responsabilidad.

La de Ucrania pertenece al tipo de guerra que se instala como ruido de fondo. Lleva casi cuatro años desarrollándose y, sin embargo, ha comenzado a desaparecer del imaginario moral de Occidente. No porque haya terminado, sino porque se ha vuelto costumbre.

El conflicto ha dejado más de 500.000 civiles muertos y heridos, y ha desplazado a más de 6 millones de personas. Ciudades como Bajmut y Mariúpol se han convertido en sinónimos de destrucción. Las imágenes de edificios derruidos, trenes bombardeados y familias huyendo con lo puesto han dado la vuelta al mundo. Sin embargo, la repetición de estas escenas ha producido el efecto paradójico que cuanto más las vemos, menos nos afectan.

La guerra ya no irrumpe como escándalo moral, sino como dato informativo. Aparece entre el pronóstico del tiempo y una noticia tecnológica. Se la consume en pantallas, se la procesa en gráficos, se la digiere en estadísticas. La muerte se vuelve abstracta. Y cuando la muerte se vuelve abstracta, deja de interpelarnos. La tragedia, al repetirse, se convierte en rutina. Vivimos en una cultura entrenada para procesar la tragedia como información. No nos sacude porque no sorprende. Sabemos que está ahí, como sabemos que hay incendios forestales o crisis climática. Todo es grave, todo es urgente, todo es distante. El resultado no es empatía, sino cansancio.

Rusia ha pagado en Ucrania un costo humano que ninguna gran potencia había asumido desde la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, ese sacrificio no se traduce en resultados claros y contundentes. Hay destrucción, pero no hay logros. Violencia sin sentido. El conflicto se sostiene más por la obstinación en no retroceder que por la claridad en los logros.

Desde una perspectiva cultural, esto habla de una época que ha perdido la capacidad de imaginar finales. Y no solo en la guerra, también en la política, en la economía, incluso en la vida cotidiana. Todo se prolonga, todo se estanca, todo se administra. La guerra de desgaste es el espejo bélico de una cultura del agotamiento.

Pero, además, ha sido el laboratorio de una transformación más amplia: la conversión del ser humano en recurso. Soldados reclutados por necesidad económica, por deudas, por promesas de redención legal. Cuerpos intercambiables en una maquinaria que necesita seguir funcionando para no admitir su fracaso. La guerra deja de ser una excepción y se convierte en una forma extrema de gestión.

En este punto, la cultura juega un rol ambiguo. Por un lado, denuncia. Por otro, anestesia. Las imágenes de ciudades destruidas, de trenes bombardeados, de familias desplazadas, circulan sin descanso. Pero esa sobreexposición no necesariamente produce conciencia, más bien indiferencia. El horror repetido se vuelve paisaje.

También Occidente queda interpelado. La guerra en Ucrania ha mostrado los límites del discurso moral cuando no va acompañado de una verdadera voluntad política. Se condena, se sanciona, se declara apoyo, pero se evita todo aquello que implique un costo real. El resultado es una guerra prolongada, sostenida en un equilibrio cínico. Suficiente ayuda para que no haya derrota, insuficiente para que haya resolución.

Se refuerza la sensación de vivir en un mundo donde nadie asume la responsabilidad de lo que ocurre. Todo se diluye en sistemas, alianzas, contextos. La guerra no es culpa de nadie en particular y, al mismo tiempo, es culpa de todos.

Una generación entera crecerá con la idea de que la violencia prolongada es parte normal del paisaje global. Que los conflictos no se resuelven, se congelan. Que las vidas humanas son variables de ajuste. Será es una herencia difícil de revertir. ¿Qué tipo de cultura emerge de una guerra que no escandaliza, que no moviliza, que no transforma? Una guerra sin épica, sin relato y sin horizonte.

Por Mauricio Jaime Goio.

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