Más allá del romance y la nostalgia, Casablanca sigue vigente porque habla de elecciones morales en tiempos de crisis. Una película sobre el exilio, la renuncia y la imposibilidad de permanecer neutral cuando el mundo obliga a tomar partido.
Casablanca, de director Michael Curtiz, es una de esas películas a la que mucha gente vuelve casi por inercia. Ya sea por televisión abierta o reestrenada en una sala de cine o en alguna plataforma de streaming, cada vez que reaparece no resulta añeja, sino que proclama plena vigencia.
Estrenada en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, no parecía una película destinada a convertirse en un clásico. No fue pensada como una obra magna ni como una gran declaración artística. Pero el hecho de que su historia esté construida sobre una reflexión moral de sus protagonistas la volvió resistente al desgaste histórico. No es solo una historia de amor ni una pieza de propaganda política. La película se sostiene sobre el hecho de enfrentarse a un dilema en tiempos de crisis. Un tema que nunca deja de ser actual.
Rick Blaine, interpretado por Humphrey Bogart, es el cínico desencantado. Dueño de un café en una ciudad de tránsito, Rick se presenta como alguien que ha decidido no tomar partido. “Yo no me meto en política”, repite, como si esa frase pudiera protegerlo del mundo. Su neutralidad más que ideológica es emocional. Funciona como una coraza, una estrategia de alguien que fue herido y aprendió a sobrevivir retirándose.
Casablanca, la ciudad, es una prolongación de ese estado interior. Un espacio de paso donde nadie pertenece del todo, donde todos esperan algo y donde el futuro depende de documentos frágiles, favores oscuros y decisiones tomadas a contrarreloj. Migrantes, refugiados, burócratas, traficantes de influencias. La película no describe solo una coyuntura histórica, sino una condición permanente de la modernidad. El tránsito como forma de vida. La espera como destino.
En ese contexto, la actitud de Rick parece, al menos al comienzo, razonable. Incluso inteligente. No comprometerse es una forma de mantenerse a salvo. La película se toma su tiempo antes de desmontar esa ilusión. No condena de inmediato la neutralidad. La deja desplegarse, mostrarse eficaz, seductora. Hasta que deja de serlo.
La llegada de Ilsa Lund, interpretada por Ingrid Bergman, desestabiliza ese equilibrio precario. En el cine clásico, su personaje podría haber sido apenas el recuerdo romántico, la mujer que vuelve para reabrir una herida sentimental. Pero Casablanca le concede una densidad poco habitual. Ilsa no es solo una figura amorosa, es el arquetipo de la lealtad trágica. Ama a Rick, pero está comprometida con Victor Laszlo y, más aún, con la causa que él encarna. Su dilema no es sentimental, es ético. Elegir a Rick implicaría traicionar algo que la excede.
En pleno siglo XXI, en el cual el relato dominante exalta la realización individual y la felicidad personal como valores supremos, Ilsa resulta sorprendentemente actual por contradecirlos. Su decisión no busca maximizar su bienestar, sino asumir el peso de una responsabilidad. No actúa movida por el deseo inmediato, sino por la conciencia de que toda elección verdadera implica una pérdida. Es una mujer que sabe que no todo se puede tener.
Victor Laszlo, por su parte, encarna al hombre de convicciones inquebrantables. Podría haber sido un personaje rígido, casi propagandístico, pero la película lo integra de manera funcional al conflicto central. Laszlo no compite con Rick en carisma, sino en estatura moral. Representa aquello que Rick podría ser, pero todavía no se atreve. Casablanca se permite mostrar la convicción como brújula.
La vigencia de la película se explica, en gran medida, por esa galería de figuras. No son personajes psicológicos en el sentido moderno, llenos de contradicciones minuciosamente explicadas. Son arquetipos, modos de estar en el mundo. El cínico que se protege, la mujer que sacrifica, el hombre que no duda. Cada época reconoce en ellos algo propio porque cada época vuelve a enfrentar los mismos dilemas, aunque cambien los escenarios.
Pero si Casablanca sigue funcionando no es solo por lo que plantea, sino por lo que se atreve a negar. La película no promete felicidad. Su final, uno de los más célebres de la historia del cine, no consagra el amor, sino la renuncia. Rick no se queda con Ilsa. Pero si gana la conciencia de haber hecho lo correcto.
En una cultura que mide el éxito en términos de satisfacción personal, ese gesto resulta radical. Rick no se salva escapando, sino dejando ir. No triunfa obteniendo lo que desea, sino aceptando lo que debe hacer. Su redención es moral. Y ahí reside una de las claves de la permanencia de esta película. Entender que el sentido importa más que la felicidad.
Tal vez por eso la película no envejece. Porque no habla de modas ni de coyunturas, sino de decisiones que definen quiénes somos. Porque recuerda que la neutralidad, en ciertos momentos, no es una posición inocente. Y porque insiste en la idea que incluso cuando todo parece relativo, hay elecciones que nos obligan a tomar partido.
Por Mauricio Jaime Goio.
Nota de Ideas Textuales: La película Casablanca (1942) se encuentra en exhibición en febrero de 2026 las salas de cine de Santa Cruz de la Sierra.
Invitación a apoyar a Ideas Textuales
Desde que lanzamos Ideas Textuales, nuestro objetivo ha sido narrar reflexiones e historias que no salen en las noticias habituales.
Este proyecto es independiente, sin auspiciantes políticos ni corporativos. Lo sostenemos con nuestro tiempo, esfuerzo y una profunda convicción de compartir nuestras lecturas y escrituras.
Si este espacio te ha hecho reflexionar, te ha llegado, informado o inspirado, podés apoyarlo con un aporte voluntario.
Cada donación nos permite seguir escribiendo, investigar más a fondo y llegar a más personas con historias que valen la pena.

Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
