En tiempos de optimización permanente y promesas de éxito empaquetadas como fórmulas universales, la consigna de “ser la mejor versión de uno mismo” se ha convertido en un mandato cultural. Este artículo explora la paradoja de una autoexigencia que, bajo la apariencia de libertad y autenticidad, termina por someternos a una lógica de rendimiento y culpa. Frente a ese imperativo, propone recuperar la autoaceptación como práctica ética y como forma más honesta —y quizá más humana— de habitar nuestra propia vida.

«Podemos ser lo que queremos» es el mensaje permanente de los medios, a veces transmitido de forma directa, otras subliminal. Es sólo cuestión de voluntad y esfuerzo, saber poner nuestras tripas en el esfuerzo, no desfallecer. Una consigna que nos impele a deshacernos de nuestro peor enemigo, nosotros mismos. El bien del mañana imponiéndose al mal del pasado. Modernidad contra tradición. Esfuerzo contra dejadez. El gran discurso motivacional de los gurús del siglo XXI, los de la “self realizations”, que bregan por la construcción de lo nuevo a partir de la nada. O, dicho desde la otra vereda, no dejar nada en pie para levantar al hombre nuevo.

La consigna de “ser la mejor versión de uno mismo” resulta una invitación a trabajar sin descanso sobre nuestra identidad, nuestro cuerpo y nuestras emociones. Una frase repetida hasta el cansancio como un mantra de salvación. Una promesa de crecimiento personal, que encierra una paradoja: no libera. Más aún, nos somete a una forma sutil, a veces evidente, de esclavitud interior. A la autoexigencia constante, a una sensación angustiante de no ser nunca suficientes.

Desde la Antigüedad, la filosofía concibió la existencia como una búsqueda, un proceso de formación del carácter, de cultivo del alma. Buscar el buen vivir, revisando creencias, examinando deseos, reconociendo límites. El reconocimiento como práctica ética, no como simple ejercicio narcisista. El crecimiento medido en torno a la lucidez, la templanza y la coherencia, no la productividad.

El ideal contemporáneo de la “mejor versión” desplaza el horizonte ético hacia una lógica de rendimiento. El individuo como producto en permanente proceso de mejora. El cuerpo ajustándose a un molde de belleza y salud, la mente buscando alcanzar picos permanentes de eficiencia y control emocional. El esfuerzo como una promesa: sal de tu zona de confort, gestionas correctamente tu tiempo y tus emociones, tendrás la plenitud garantizada. Una promesa devenida en consigna, que transforma el proceso en fuente inagotable de estrés. Nos atrapa en una carrera sin final, persiguiendo una meta que por cada paso que damos se desplaza dos en la dirección contraria. La idea que el cambio se sostiene en la necesidad de alcanzar valor social genera culpa y ansiedad.

La gran paradoja de este asunto es que la cultura de la autenticidad, al fin y al cabo, se sostiene sobre ideales de éxitos uniformes. El crecimiento personal devenido en un bien de consumo, empaquetado en cursos, podcasts, rutinas milagrosas y fórmulas universales. Insisten que todo depende de la actitud, el triunfo como cuestión de voluntad. Si no los alcanzamos es porque no lo hemos trabajado lo suficiente. El fracaso convertido en defecto moral.

Esta racionalidad termina pasándonos la cuenta. Muchas personas alcanzan las metas socialmente valoradas solo para experimentar un vacío persistente. Completan la lista de objetivos, para descubrir, con desconcierto, que ese guion no les pertenecía. La crisis existencial emerge entonces como un quiebre lo que se esperaba de nosotros y aquello que realmente nos daba sentido.

Desde la tradición, la autoaceptación propone otro camino. Aceptarse, no como estancamiento, sino como reconciliación con la diversidad interna y externa. El individuo atravesando experiencias comunes, filtrándolas desde una historia singular. Valorar la diferencia como una actitud existencial, reconociendo que mi perspectiva es parcial y que el otro encarna una verdad complementaria. Volver obsesiva la comparación es perder de vista esta riqueza, reduciendo la vida a una competencia permanente.

Los objetivos vitales proporcionan dirección y sentido a la existencia. Hay cambios que mejoran nuestra vida, otros nos mandan al infierno. Saber distinguirlos requiere saber de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Considerando su origen, existe una gran diferencia entre los que emergen de un proceso genuino de autoconocimiento y los que responden a presiones externas difíciles de reconocer.

En última instancia, la pregunta decisiva no es cómo ser la mejor versión de nosotros mismos, sino cómo habitar con mayor conciencia la versión que ya somos. La vida no es un software que deba actualizarse sin cesar para aproximarse a un ideal abstracto. Es un proceso dinámico en el que cada etapa tiene su densidad, su límite y su sentido. Tal vez el verdadero crecimiento consista en abandonar la obsesión por el rendimiento y recuperar la experiencia del presente.

Por Mauricio Jaime Goio.

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