Una medida promedio que durante décadas pareció dictar destinos, hoy revela sus debilidades. La crisis del cociente intelectual más que técnica, es cultural. Cuestiona la pretensión de medir la mente humana como si fuera una magnitud neutra y universal, y obliga a repensar la inteligencia como una construcción situada, atravesada por historia, contexto y desigualdad.
Durante gran parte del siglo XX un número decidía muchos destinos. Se trata del coeficiente o cociente intelectual, una medida que prometía computar la inteligencia humana con exactitud y con alcances universales. Ordenó aulas, jerarquizó talentos y ofreció una coartada para explicar desigualdades que, a la luz de sus resultados, parecían naturales
La crítica contemporánea al CI no se refiere a un cuestionamiento técnico. Lo que se ha puesto en juego es la idea de que la inteligencia pueda reducirse a una cifra que sea comparable entre individuos y culturas.
Las pruebas de CI surgieron en un contexto histórico muy específico. La modernidad industrial necesitaba clasificar a su rebaño. La escuela pública requería ordenar a los estudiantes, el mercado laboral seleccionar trabajadores y el Estado administrar poblaciones. Convertía la inteligencia en una variable cuantificable, lo que encajaba perfectamente en esa lógica. Una prueba en un tiempo limitado con un resultado cuantificado.
Todo instrumento científico nace en una determinada cultura. Y las pruebas de inteligencia no fueron la excepción. Sólo que Investigaciones recientes en psicometría han puesto en cuestión uno de sus supuestos básicos, la llamada “invarianza de medición”. Una prueba debería medir lo mismo en distintos grupos y contextos. Cada vez hay más evidencia de que esto no ocurre. El mismo puntaje puede significar cosas distintas según el entorno de quien rinde la prueba.
El principio implícito del CI es que quien responde está sometido a condiciones óptimas, sin estrés, sin urgencias materiales, sin cargas emocionales. Y esto, por experiencia, sabemos que rara vez se da. El joven que rinde un examen tras una jornada laboral extensa, la adolescente que enfrenta estereotipos de género, el estudiante que vive en condiciones de precariedad económica. Ninguno llega a una prueba bajo el precepto de esa condición ideal. Todos están marcados por las condiciones a la que están sometidos. Cuando el contexto afecta el rendimiento, el resultado deja de ser producto de un instrumento impoluto, para transformarse en una fotografía de la relación entre individuo y entorno.
El aumento sostenido de los puntajes de CI a lo largo del siglo XX, fue leído, en su momento, como prueba de que había un progreso cognitivo continuo, asociado a mejoras en educación y nutrición. Hoy, ante señales de estancamiento o descenso en algunos países, saltan las alarmas. Lo que ha llevado a concluir que, más bien, los puntajes están reflejando cambios en las habilidades valoradas, en las prácticas educativas o en la familiaridad con ciertos formatos de evaluación. Una vez más, el número revela su dependencia de la cultura que lo produce.
Esto pone en discusión el aura mágica construida en tono al CI. Durante décadas, ese número ayudó a legitimar jerarquías sociales presentándolas como resultado natural de talentos medibles. Si la medición es inestable y contextual, esa legitimidad se debilita. La desigualdad deja de ser un factor de explicación biológica y vuelve a mostrarse como efecto de condiciones estructurales socioculturales.
Evolutivamente, el cerebro está configurado para adaptarse a entornos cambiantes, cooperar, narrar, anticipar riesgos y construir vínculos. La capacidad cognitiva es plástica, dinámica y relacional. Un rendimiento bajo en una prueba no necesariamente indica falta de talento, más bien nos revela prioridades adaptativas distintas.
Por Mauricio Jaime Goio.
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