El regreso de enfermedades prevenibles no es un accidente sanitario, sino el síntoma de la erosión de la confianza que sostenía la vacunación como pacto colectivo. En una cultura que ha olvidado el peligro que logró domesticar, las vacunas dejan de ser evidencia de progreso para convertirse en objeto de duda. La salud pública se mueve en un frágil equilibrio entre memoria, creencias y comunidad.
Imaginemos una escena dramática. Nueva York, un médico observa a un bebé convulsionar por una infección que, hasta hace no tanto, pertenecía a una enfermedad que se suponía vencida. Se trata de la Haemophilus influenzae tipo b, Hib, un nombre que quizás no nos suena muy familiar, y que ha vuelto instalarse en el podio de las enfermedades infecciosas que asolan a la población norteamericana. Es una escena real. Y, más allá del caso clínico, muestra una grieta en el sistema de salud pública norteamericano. Porque no es simplemente el renacimiento de bicho infeccioso. Representa el retorno a un mundo que creíamos superada.
Durante décadas, la vacunación fue una certeza moderna que no necesitaban explicación. Como el agua potable o la electricidad, funcionaba en un registro casi invisible. Estaba ahí, operando, sosteniendo la vida colectiva sin llamar la atención. Nadie celebraba no tener sarampión. Nadie agradecía no morir de difteria. La salud, como suele ocurrir, era simplemente la ausencia de enfermedad.
Pero algo cambió. Y lo que cambió fue solamente producto de la circulación de información falsa, ni la emergencia de líderes extravagantes que desconfían de la ciencia. Se rompió la confianza. Esa sustancia intangible que sostiene las instituciones, que permite que una madre acepte que una inyección es, en realidad, una promesa. La vacunación, que alguna vez fue un acto casi automático, se volvió una decisión. Y toda decisión abre la puerta a la duda.
En el siglo XX, el pacto era claro. El Estado, respaldado por la ciencia, ofrecía protección. A cambio, los ciudadanos aceptaban la sabiduría de sus autoridades. La vacunación, incluso, tenía algo de gesto civilizatorio. Erradicar enfermedades era también demostrar que el progreso tenía dirección, que la historia avanzaba.
Hoy, ese pacto está erosionado. La pandemia de COVID-19 aceleró un proceso que ya estaba en curso. Las contradicciones, los cambios de criterio, la sensación de arbitrariedad en las decisiones sanitarias, fueron minando una confianza que ya venía debilitada. La ciencia dejó de aparecer como un bloque sólido y comenzó a mostrarse en su forma más humana: tentativa, provisional, a veces contradictoria.
Y en ese intersticio, en ese espacio donde antes había certeza, crecieron otras narrativas. Vacunarse o no vacunarse pasó a ser, para muchos, una cuestión identitaria antes que sanitaria. No era sólo cosa proteger el cuerpo, sino de afirmar una posición en el mundo. Es ahí donde el problema deja de ser epidemiológico y se vuelve cultural.
Porque las enfermedades no desaparecen por decreto ni por consenso. Siguen ahí, latentes, esperando condiciones favorables. Y una de esas condiciones, quizás la más importante, es la disminución de la inmunidad colectiva. Cuando suficientes personas dejan de vacunarse, el equilibrio se rompe. Y lo que parecía imposible vuelve a ser probable.
El sarampión es el ejemplo más evidente. Durante años, fue considerado prácticamente erradicado en muchos países. Hoy reaparece como una advertencia. Un recordatorio de que el progreso no es irreversible.
Otras enfermedades tienen la capacidad de esconder sus consecuencias durante años, incluso décadas. La rubéola, por ejemplo, puede parecer inofensiva en el corto plazo. Sin embargo, cuando una mujer no vacunada se infecta durante el embarazo, las consecuencias se trasladan a la siguiente generación. Nos encontramos con niños con malformaciones, con discapacidades, con vidas marcadas desde el inicio.
Una de las claves del problema reside en la dificultad de percibir el riesgo cuando este no es inmediato. Vivimos en una cultura que privilegia la experiencia directa. Lo que no vemos, lo que no sentimos, lo que no ocurre ahora, pierde urgencia. Las enfermedades prevenibles, al haber sido expulsadas del horizonte cotidiano, dejaron de ser una amenaza tangible. Se convirtieron en abstracción.
En ese vacío las vacunas cambiaron de significado. De herramientas de protección colectiva pasaron a ser percibidas como objetos sospechosos. Ya no son la solución evidente, sino un elemento más en un paisaje saturado de desconfianza. Lo paradójico es que este giro ocurre precisamente porque las vacunas funcionaron. Su éxito borró la memoria del peligro. Y sin memoria, la prevención pierde sentido.
Las sociedades, como los individuos, olvidan. Y en ese olvido, a veces, se vuelven vulnerables. El caso del bebé en Nueva York no es una excepción. Es un síntoma. Un indicio de que algo en la relación entre conocimiento, poder y vida cotidiana se ha desplazado. No basta con tener las herramientas. Es necesario que esas herramientas sean creíbles, que estén insertas en un tejido de sentido que las haga aceptables.
No se trata solo de combatir la desinformación, ni de imponer políticas más estrictas. Se trata de reconstruir un vínculo. De entender que la confianza se construye. Que depende de experiencias, de relatos, de coherencias. Porque, finalmente, la vacunación es un gesto social. Una forma de decir que hay un nosotros que justifica ese acto. Cuando ese “nosotros” se debilita, todo lo demás tambalea. Y entonces, las enfermedades regresan.
No regresan como castigo, ni como accidente, sino como consecuencia. Como recordatorio de que la salud colectiva es, en última instancia, una forma de organización cultural. Un equilibrio frágil entre lo que sabemos, lo que creemos y lo que estamos dispuestos a hacer con nuestros cuerpos en nombre de los demás.
Por Mauricio Jaime Goio.
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