Santiago de Chile. Son los primeros días de abril. Hay que salir temprano y estoy parado frente al clóset, dudando. La chaqueta gruesa me parece exagerada y el polerón insuficiente. El pronóstico anuncia sol, pero el aire está frío. Cualquiera de las elecciones rara vez resulta del todo acertada. Así comienza este mes, con una pequeña negociación cotidiana, enredado con la incertidumbre.

Abril no se deja definir con facilidad. Enero inaugura, diciembre clausura. Marzo impone el ritmo del regreso y las obligaciones. Abril parece avanzar sin un guión claro, zona ambigua y de incertidumbre. No es todavía invierno, pero ya no es verano. Es transición.

En el hemisferio sur, particularmente en ciudades como Santiago, abril nace marcado por el repliegue. Los días se acortan, la luz cambia de tono, las tardes pierden extensión. Se vive un ajuste progresivo y el cuerpo se resiente en la adaptación. Cuesta levantarse con energía y el ánimo se vuelve más errático, las rutinas veraniegas se desarman. Es un mes de recalibración.

El hemisferio norte son las antípodas. Abril es expansión, la primavera irrumpe y la vida se renueva tras el invierno. Pero más allá de la diferencia climática, en ambos casos es umbral. No es un punto de llegada, sino un paso. Un momento en que dejamos atrás y algo nuevo comienza a insinuarse, sin su forma definitiva.

Las culturas han traducido esta inestabilidad en rituales. La Pascua de resurrección, que suele celebrarse en abril, propone una simbología potente, de muerte y resurrección, pérdida y renovación. Más allá del relato religioso, nos quedamos con la metáfora extendida. Lo que termina no desaparece, se transforma. Todo cambio implica tanto renuncia como posibilidad.

En Japón, el Hanami convoca a miles de personas en torno a los cerezos en flor. Una celebración que más que congelar la belleza reconoce su fragilidad. Lo que se honra no es la permanencia, sino lo efímero. Se aprende a venerar lo transitorio sin intentar fijarlo.

Algo similar ocurre en Tailandia durante el Songkran, cuando las calles se llenan de agua. A primera vista, una fiesta caótica, infantil. Pero el agua cumple la función simbólica de limpiar, renovar, borrar lo acumulado. Es una forma de empezar de nuevo. Abril se transforma en un dispositivo cultural para procesar el cambio.

Más allá de sus diferencias, en todos estos rituales es un mes en que las categorías se vuelven porosas. Lo verdadero puede ser falso, lo que muere puede volver a vivir, lo sólido puede disolverse. Un período liminal, instalado entre estados, entre definiciones.

Abril sigue teniendo algo de desajuste. No siempre sabemos cómo planificar, cómo anticipar el clima, cómo leer el ánimo colectivo. Hay una sensación difusa de estar a medio camino, sin haber cerrado del todo una etapa ni inaugurado otra. Acumula pequeños relatos dispersos que apuntan a la transición. Nos recuerda que la estabilidad es una ilusión. Que el orden es siempre provisional. Simplemente se insinúa. Es una grieta en la continuidad del tiempo, por la cual se cuela la posibilidad de reconfigurarnos.

Por Mauricio Jaime Goio.

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