Hay libros que se leen sin mayores sobresaltos. Y hay otros que se atraviesan como quien cruza un río crecido, sin saber si va a salir seco del otro lado. Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, es de los segundos. No se deja domesticar. No concede pausas amables. Es, más bien, una larga conversación con el dolor, con la fragilidad humana, con esos abismos que preferimos no mirar de frente.

La historia —dura, desgarradora, por momentos insoportable— sigue la vida de cuatro amigos en Nueva York, pero en realidad orbita alrededor de uno: Jude. En torno a él, todo gira con una intensidad que incomoda, que interpela, que deja marcas. No es una novela para “disfrutar” en el sentido clásico. Es una novela para resistir. Y, si uno tiene suerte, para comprender algo más de la condición humana al salir.

Hay algo más que la vuelve perturbadora: su manera de mostrar que el dolor no siempre se comparte. Que a veces se oculta, se administra en silencio, se vuelve identidad. Y que, incluso entre los más cercanos, hay zonas a las que nunca llegamos.

En medio de ese paisaje emocional devastado, aparece —casi como un refugio— la figura de Harold Stein. No es el padre biológico de Jude. Es, si se quiere, algo más complejo y más profundo: un padre elegido. Y es en ese vínculo donde la novela, sin hacer ruido, desliza una de sus reflexiones más hondas.

En un pasaje que me obligó a detener la lectura, Harold piensa: “Nunca has experimentado miedo hasta que tienes un hijo, y tal vez eso es lo que nos induce a creer que es grandioso, porque el miedo lo es”. Me quedé ahí: subrayando, volviendo a leer.

Porque estamos acostumbrados a romantizar la paternidad: el amor incondicional, la plenitud, la trascendencia. Todo eso es cierto, sí. Pero la autora introduce una variable incómoda: el miedo. No como una sombra lateral, sino como el núcleo mismo de la experiencia. Y tiene razón.

Ser padre es, en buena medida, vivir con una alarma encendida. Es descubrir que hay alguien en el mundo cuya vulnerabilidad te desarma: que su caída te duele antes de que ocurra, que su ausencia —aunque sea momentánea— te desordena el alma.

No es un miedo histérico ni paralizante. Es más bien silencioso, persistente, casi estructural. Se vuelve cotidiano: cuando salen, cuando no contestan el teléfono, cuando la vida —esa que uno no controla— empieza a hacer su trabajo.

Y, sin embargo, ahí está la paradoja: ese mismo miedo agranda el amor. Lo vuelve más intenso, más urgente, más verdadero. Como si amar fuera, también, aceptar esa cuota inevitable de incertidumbre.

Lo pienso ahora, con una hija que vive lejos y una nieta que crece en otra geografía. La paternidad —y esta segunda vuelta que es la abuelidad— se parece mucho a eso: a una forma refinada de la intemperie. Uno aprende a querer a distancia, a preocuparse en silencio, a imaginar escenarios que prefiere no confirmar.

Pero también se aprende otra cosa: que el amor, incluso atravesado por el miedo, encuentra sus maneras de sostenerse. En una llamada, en un mensaje, en una carta escrita el día quince de cada mes. En la certeza —mínima, pero suficiente— de que, a pesar de todo, seguimos ahí. Tal vez por eso creemos que es grandioso. Y lo es.

Por Alfonso Cortez / Desde mi barbecho. Comunicador social.


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