Desde que nacemos recibimos instrucciones sobre cómo comportarnos. Aprendemos qué significa ser hombre o mujer, joven o viejo, padre o hijo, ciudadano o paria. Heredamos gestos, prejuicios, maneras de hablar, formas de vestir y hasta maneras de sentir. Antes de descubrir por nosotros mismos quiénes somos, alguien ya se ha empecinado en explicárnoslo, a fuerza de contarnos historias de linaje y cumplimiento. La identidad, entonces, puede llegar a ser una camisa de fuerza.
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