Se nos va la vida buscando saber quiénes somos realmente. Revisando nuestros recuerdos, volviendo sobre nuestros pasos, para finalmente descubrir que las respuestas eran más cercanas y sencillas. El problema es que la identidad, a diferencia de los objetos, no ocupa un lugar fijo. Se mueve con nosotros.

Desde hace miles de años contamos historias de hombres que se van para regresar convertidos en otros. Ulises abandona Ítaca y tarda diez años en volver. Siddhartha abandona el mundo conocido y atraviesa distintas estaciones espirituales hasta convertirse en Buda. En muchos relatos el héroe desciende a los infiernos, atraviesa una muerte simbólica o se pierde en territorios desconocidos para regresar con un conocimiento que antes no poseía. Joseph Campbell encontró en esas historias una estructura recurrente que llamó El Viaje del Héroe. Lo curioso es que en plano siglo XXI, inmersos en la civilización de las máquinas digitales, seguimos viajando, cargando el mismo equipaje. Sólo que el territorio hostil reside en nuestra propia mente.

Durante mucho tiempo hemos creído que sabemos, remitidos a una cantidad razonable de datos objetivos. Tenemos un nombre, una edad, una familia, una nacionalidad, una profesión, una religión, una lengua. Podemos llenar formularios con notable eficacia. Si una autoridad nos pregunta quiénes somos, respondemos mostrando nuestro documento de identidad. Pero una identidad sobrepasa cualquier objetividad a la que queramos apelar. Es más parecida a una cebolla, se despliega por capas. Y cada una de ellas cuenta una historia distinta.

Somos hijos, padres, amigos, profesionales, vecinos, ciudadanos. Podemos ser personas afectuosas en casa y severas en el trabajo, defensores de ciertos principios mientras, encontramos excepciones convenientes para nosotros mismos. El individuo contemporáneo parece habitar una pequeña república de personajes que conviven sin necesidad de celebrar elecciones.

Desde que nacemos recibimos instrucciones sobre cómo comportarnos. Aprendemos qué significa ser hombre o mujer, joven o viejo, padre o hijo, ciudadano o paria. Heredamos gestos, prejuicios, maneras de hablar, formas de vestir y hasta maneras de sentir. Antes de descubrir por nosotros mismos quiénes somos, alguien ya se ha empecinado en explicárnoslo, a fuerza de contarnos historias de linaje y cumplimiento. La identidad, entonces, puede llegar a ser una camisa de fuerza.

El asunto se complica en nuestro tiempo porque vivimos conectados a demasiados mundos. Antes una persona podía tener una identidad relativamente estable porque pertenecía a una comunidad, una familia, una religión o una nación que funcionaban como grandes marcos de referencia. Hoy sólo en hacer el ejercicio de andar la ciudad en un día cualquiera, nos podemos topar con un variopinto de estímulos, nacionalidades y culturas que nos fuerzan a reacomodar a cada momento nuestra autopercepción. Amén que los teléfonos inteligentes han convertido al planeta en una enorme plaza pública donde miles de mensajes nos asaltan mostrando tanto individuo bien provisto de su propio disfraz.

Así, mientras las culturas locales parecen perder fuerza, aumentan nuestras posibilidades de pertenecer simultáneamente a muchas comunidades. Tenemos identidades superpuestas, algunas incluso resultan contradictorias. Formamos parte de un elenco teatral que se va obligado a representar varias obras durante el mismo día. En una de ellas seremos ciudadanos ejemplares en otra conspiradores en otra padres cariñosos en otra consumidores obedientes.

Quizá por eso resulta interesante volver a ciertas tradiciones que imaginaron la identidad de otra manera. Los códices descubiertos en Nag Hammadi, en Egipto, dieron a conocer textos vinculados con corrientes cristianas primitivas y con formas de pensamiento que posteriormente serían asociadas al gnosticismo. Allí se afirma que el conocimiento verdadero no consiste simplemente en acumular información sobre el mundo, sino en conocerse a sí mismo. La propuesta cambia el itinerario. Ya no se trata de viajar en busca de respuestas, sino de quitar capas, una por una. Nombre, nacionalidad, familia, profesión, convicciones, gustos, lealtades, miedos. Y quizá, debajo de todo eso, encontremos algo que no se deja describir fácilmente.

El problema es que quitarse una identidad resulta mucho más difícil que adquirirla. Las sociedades necesitan etiquetas porque las etiquetas facilitan la convivencia. Nos permiten saber qué esperar de los demás. Pero también pueden convertirse en prisiones personales. Una identidad que inicialmente nos orienta, termina transformándose en una directriz que nos dice lo qué podemos ser y qué debemos dejar de ser.

Por eso la búsqueda interior constituye un acto revolucionario. No porque nos convierta en seres completamente libres, sino porque nos permite sospechar de las definiciones que hemos recibido como verdades definitivas. Nietzsche entendió que había que desconfiar de muchas de las certezas heredadas por Occidente. Su revolución consistió, entre otras cosas, en preguntar quién había construido los valores que considerábamos naturales. La pregunta sigue vigente porque buena parte de nuestras identidades descansa precisamente sobre aquello que nunca nos molestamos en cuestionar.

Quizá el verdadero viaje del héroe no consiste en regresar convertido en una persona extraordinaria. Si no, simplemente, volver siendo un poco menos prisionero del disfraz que lleva nuestro personaje, lo que la cultura espera que seamos. Así como somos seres fabricados por símbolos, relatos y costumbres, también debemos tener la capacidad de ponerlos en cuestión.

La identidad no debe ser una frontera, a lo más una puerta que conduce hacia una comprensión más amplia de nosotros mismos y, finalmente, hacia los otros. Porque cuando dejamos de considerar nuestra identidad como una propiedad exclusiva, empieza a aparecer la posibilidad de reconocernos como parte de algo mayor que las categorías con las que acostumbramos a clasificarnos.

Tal vez debajo de todas las capas no haya una esencia perfectamente pura esperando ser descubierta, sino simplemente una conciencia más amplia de nuestra fragilidad compartida. Y eso, en un mundo empeñado en decirnos todos los días quiénes debemos ser, ya es promesa segura de mayor libertad.

Por Mauricio Jaime Goio.


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