Más que un acto de comunicación, escribir es un gesto de orientación interior. No nace para convencer a otros, sino para pensar la vida cuando el sentido se vuelve difuso. En la escritura el caos se ordena provisoriamente y la experiencia se vuelve, al menos por un momento, habitable.
Muchos insisten que escribir es, ante todo, un acto de comunicación. Se escribe para ser leído, para influir, para convencer, para dejar una marca en los demás. En la era de las redes sociales, esta idea se ha vuelto casi incuestionable: escribir equivale a opinar, posicionarse, existir públicamente. Sin embargo, cualquier aprendiz de escritor que haya enfrentado con verdadera vocación una página en blanco, no quedará satisfecho con esta explicación. La escritura no suele comenzar pensando en los otros. Comienza, más bien, como una necesidad íntima. La de entender algo que todavía no tiene forma. No escribimos cuando todo está claro. Escribimos cuando algo no encaja.
La vida no se presenta como un relato coherente ni como una secuencia lógica de causas y efectos. Se experimenta, más bien, como una acumulación de decisiones tomadas a medias, de silencios que pesan más que los hechos, de pérdidas que no alcanzamos a nombrar. Avanzamos improvisando sentidos provisorios para no quedar paralizados. La escritura aparece como un gesto elemental de orientación: poner palabras donde antes solo había confusión. Cuando escribimos no estamos simplemente contando la vida. Estamos pensándola.
La escritura introduce una pausa en medio del vértigo cotidiano. Detiene el flujo continuo de la experiencia y lo somete a examen. No se trata de embellecer lo vivido ni de transformarlo en un relato ejemplar, sino de ponerlo a prueba. Una idea mal escrita suele ser una idea mal pensada. Por eso escribir obliga a ordenar lo que, por naturaleza, tiende al desorden. No ofrece atajos. Cada frase fuerza una toma de posición.
Las grandes encrucijadas vitales rara vez se resuelven en el plano inmediato de la acción. Decisiones como quedarse o irse, amar o no amar, creer o dejar de creer, se procesan lentamente, en una conversación silenciosa con uno mismo. La escritura es una de las formas más exigentes de esa conversación, porque no permite refugios cómodos. En el papel, las intuiciones vagas no sobreviven. O se afinan, o se disuelven.
Esto convierte a la escritura en un ejercicio de responsabilidad interior. Escribir implica hacerse cargo de lo que uno piensa, de lo que teme, de lo que desea. Incluso cuando no hay respuestas claras, la formulación misma del problema ya introduce una diferencia decisiva. La angustia difusa se convierte, en pensamiento, en un camino posible. No siempre hay soluciones, pero hay orientación. Y eso, muchas veces, es suficiente.
El texto nace antes de ser compartido. Nace como una necesidad privada. La de entender el propio universo simbólico, de reconocer las fuerzas que lo atraviesan, de encontrar algún principio de coherencia en medio de la fragmentación cotidiana. Que luego ese texto se haga públicos es un efecto secundario. Importante, sin duda, pero no constitutivo.
Tal vez por eso muchos de los textos más influyentes no fueron escritos pensando en nadie en particular. Incluso gran parte de la ficción más elaborada puede leerse como una autobiografía en clave. Una forma indirecta de decir lo que no se puede decir de frente.
La escritura no garantiza claridad automática ni verdad definitiva. Puede engañar, justificar, construir relatos tranquilizadores. No todo lo escrito ordena, ni todo lo que ordena se comprende. Pero incluso en esos casos, el acto de escribir deja huellas. Puede que escribir no elimine el autoengaño, pero lo vuelve visible. Tampoco resuelve la vida, pero la vuelve habitable. No elimina las contradicciones ni despeja todas las dudas, pero permite formular mejor los problemas. Y formular bien un problema ya es una forma de alivio, ya que convierte el caos informe en algo que puede ser pensado.
Por eso escribir es, en un sentido profundo, un acto educativo. En el sentido primigenio de la palabra: educere, «hacer salir», «extraer», «dar a luz». La escritura extrae del desorden interior una forma provisoria de sentido, al menos lo suficiente para no quedar a la intemperie. De ahí esa mezcla extraña de agotamiento y calma que suele acompañar el final de un texto. No hay triunfo, sino un orden momentáneo. Como si, por un rato, las piezas del mundo hubieran encontrado su lugar. Mañana todo volverá a desordenarse, y habrá que escribir otra vez.
Quizás por eso los textos más honestos no buscan convencer ni seducir. Y cuando, por azar, alguien más se reconoce en esas palabras, ocurre algo inesperado: lo íntimo se vuelve común. Ese efecto es un regalo.
Pensar en silencio no siempre alcanza. Por eso las palabras, imperfectas y frágiles, siguen siendo la mejor herramienta que tenemos para orientarnos cuando el camino se diluye en medio de la borrasca. Escribimos para aprender a vivir y no perdernos del todo.
Por Mauricio Jaime Goio.
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