El equipo de Jane Goodall, que dedicó toda su vida a la observación de chimpancés en Tanzania, paso una época de gran quietud al ver durante años como un grupo de estos animales se acicalaban, jugaban y cuidaban crías ajenas como propias. Una comunidad que parecía organizada por lazos afectivos indestructibles. Imagen idílica que se rompió abruptamente cuando el grupo se dividió y la convivencia mutó en guerra. Fueron testigos de emboscadas y ataques calculados, descubriendo que la violencia planificada no era exclusividad del ser humano.

Lo vivido por el equipo de Goodall ha llamado a la reflexión sobre como convivimos cotidianamente con la violencia y qué hemos hecho, culturalmente, para domesticarla. Los humanos somos, al mismo tiempo, una de las especies más pacíficas y peligrosas del reino animal. Una dualidad que no es un accidente, sino el resultado de un largo proceso evolutivo.

Una discusión que revive un viejo debate filosófico. De un lado, está la idea de que el ser humano es naturalmente bueno, pero termina corrompido por la sociedad. Del otro, la visión de que somos intrínsecamente egoístas y violentos, y que solo mediante instituciones logramos contener esa pulsión. En antropólogo británico Richard Wrangham, que colaboró en el equipo de Jane Goodall, se inclina claramente por esta segunda postura. Según él la violencia no desaparece, se administra.

Para este antropólogo, a diferencia de otros primates, los humanos no organizamos nuestras jerarquías en torno a un macho alfa que domina por fuerza bruta. Funcionamos mediante coaliciones. No hay un individuo que concentre todo el poder físico, sino grupos que lo distribuyen y lo vigilan. Esta diferencia implica que la violencia no desaparece, sólo cambia de forma.

Según Wrangham, el punto de inflexión en la historia humana fue la rebelión contra los machos alfa. En algún momento de nuestra evolución, los individuos subordinados, los betas, comenzaron a coordinarse para eliminar a los dominantes excesivamente violentos. Este proceso, facilitado por el lenguaje, permitió conspirar. Hablar en secreto, planificar, construir confianza.

La consecuencia fue que, al eliminar sistemáticamente a los individuos más agresivos, las comunidades humanas iniciaron un proceso de autodomesticación. No se trata de una domesticación externa, como la que ejercemos sobre los animales, sino de una selección interna que favorece la docilidad relativa, castigando la violencia descontrolada. 

La gran paradoja radica en que esa regulación no elimina la violencia, sólo la transforma. Wrangham distingue entre dos tipos de agresión. La reactiva (impulsiva, emocional, inmediata), que ha disminuido notablemente en los humanos. Es la violencia de la pelea, del arrebato, del conflicto cara a cara. Y la agresión proactiva (planificada, fría, instrumental), que se ha transformado en una de nuestras características más distintivas.

Nos volvimos menos violentos en lo cotidiano, pero más peligrosos en lo estructural. La guerra, el genocidio, la violencia organizada son expresiones de esa agresión calculada. Es indudable que las grandes atrocidades del siglo XX no fueron explosiones irracionales, sino proyectos cuidadosamente diseñados por individuos capaces de empatía en lo personal y crueldad en lo político.

El doble registro de empatía íntima y violencia estructural es quizás la marca más inquietante de lo humano. Nos permite cuidar a nuestros hijos y, al mismo tiempo, participar en sistemas que producen sufrimiento masivo. Hemos sido capaces de domesticar al lobo que llevamos dentro, pero no de eliminarlo.

Si algo nos demuestra el analizar la evidencia histórica es que la violencia ha disminuido en muchos contextos, especialmente con el surgimiento de instituciones como el Estado, el derecho y la democracia. Pero esa disminución depende de estructuras que pueden debilitarse o desaparecer. A fin de cuentas, es un hecho que la paz no es un estado natural del ser humano, sino una construcción frágil que requiere normas, sanciones, equilibrios de poder. Demanda de una vigilancia constante sobre nuestra propia naturaleza.

Este argumento es una forma de realismo. No se trata de negar la capacidad humana para lograr una convivencia pacífica, sino de entender que hay que esforzarse por alcanzarla. No surge al amparo de una pureza humana original. Internalizamos normas porque sabemos que vivimos en un equilibrio precario, que en cualquier momento la comunidad puede volverse contra nosotros.

Hay algo profundamente humano en este proceso. Pues la misma capacidad que nos permitió conspirar contra el macho alfa (lenguaje, cooperación e imaginación) es la que nos ha permitido construir instituciones, narrativas y formas de convivencia complejas. Quizás la violencia nunca desaparece, pero se desplaza, se redefine y se discute.

A veces nos idealizamos demasiado o nos condenamos sin remedio. La verdad es que no somos ni ángeles ni bestias, sino una especie en tensión permanente entre ambos extremos. Que se ha domesticado a sí misma, pero que nunca termina de hacerlo del todo. Que vive en un equilibrio inestable, entre el impulso y la norma, entre la agresión y el control. Y es en este duro quehacer de cada día que se juega el destino de lo humano.

Por Mauricio Jaime Goio.

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