Esta semana, en todo el país, se han posesionado las nuevas autoridades de los gobiernos autónomos: gobernadores, alcaldes, asambleístas y concejales. Nombres nuevos —o reciclados— para viejos problemas. Hay entusiasmo en el aire, como siempre que se estrena una gestión. Esa sensación de página en blanco que tanto nos gusta, aunque sepamos que muchas veces ya viene con tachaduras invisibles. Conviene, entonces, bajar un cambio.
Ni el cinismo de “todos son lo mismo” ni la ingenuidad del “ahora sí” ayudan demasiado. Entre esos dos extremos —la resignación y la fe ciega— hay un lugar más incómodo, pero bastante más útil: la prudencia. Mirar, escuchar, esperar… y, sobre todo, exigir. Gobernar no es prometer: es hacer.
Los nuevos llegan con discursos de renovación, equipos técnicos, slogans bien calibrados y redes sociales afinadas. Algunos, incluso, con buenas intenciones. Pero también llegan a estructuras debilitadas, presupuestos estrechos y administraciones que, en muchos casos, arrastran más problemas que soluciones. No empiezan de cero: reciben una casa con grietas y paredes descascaradas. Ahí empieza la prueba real.
En un artículo publicado en Zenda, Arturo Pérez-Reverte advertía algo perturbador y bastante reconocible: hay seguidores que “aplauden como focas amaestradas”. La imagen es brutal, pero eficaz. No habla solo de los políticos, sino de nosotros. De esa facilidad con la que convertimos la adhesión en aplauso automático y la simpatía en indulgencia. (¿Hace falta recordar al último gobernador cruceño y a sus fanáticos?)
El problema no es que existan líderes mediocres. El problema es que, a veces, encuentran un público dispuesto a celebrarlos igual. Nos gusta el relato del cambio. Nos seduce la novedad. Nos ilusiona pensar que esta vez será distinto. Y está bien: la esperanza no es un defecto. El problema empieza cuando esa esperanza se convierte en cheque en blanco. Cuando el entusiasmo reemplaza al criterio. Cuando el aplauso llega antes que los resultados.
Ahí es donde conviene resistir la “tentación de la foca”. Ni abuchear de entrada ni ovacionar por anticipado. Ni linchamiento exprés ni enamoramiento precoz. La democracia no necesita hinchadas; necesita ciudadanos. Gente que entienda que el voto no es un acto de fe, sino un contrato temporal con condiciones claras: resultados, transparencia y rendición de cuentas. Y si no, de vuelta a casa. Gracias por participar.
El desafío no es solo elegir mejor —que también—, sino mirar mejor después de elegir. Hacer seguimiento, preguntar, incomodar, cuestionar al poder de turno. No dejar que la gestión se pierda en discursos ni que la crítica se quede en memes. Aunque los memes ingeniosos, convengamos, siempre son bienvenidos. A veces dicen en dos líneas lo que a otros nos toma una columna entera.
Gobernar, al final del día, no se mide por lo que se dice en campaña, sino por lo que se hace en silencio. Las nuevas autoridades tienen hoy el beneficio de la duda. Nada más. Y nada menos. Es un capital político breve, frágil, que se agota rápido si no se convierte en gestión concreta. Y eso, en política, se nota rápido.
De este lado, nos toca algo igual de importante: no aplaudir por reflejo. Ni como “focas amaestradas”, diría Pérez-Reverte. Tampoco como tribuna de estadio. Sino como ciudadanos que, después de tanto ensayo fallido, hemos aprendido —al menos— a mirar primero… y aplaudir después.
Por Alfonso Cortez / Desde mi barbecho. Comunicador social.
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