Directamente se habla poco de ello. Quizás más tangencialmente, porque es algo muy cotidiano, muy pedestre, sin gloria ni titulares. Una especie de inventario invisible que organiza la vida cotidiana. Se le llama carga mental. Algo de lo que ya había tratado la premiada escritora norteamericana Pearl S. Buck en la primera mitad del siglo XX, retratando a sus personajes femeninos sostenidos por una tensión silenciosa entre la aspiración de autonomía y el peso de la expectativa social. Un sostén silencioso del orden de su mundo.

A pesar de los movimientos reivindicatorios y todo el desarrollo del último siglo, en lo esencial poco ha cambiado. Estamos hablando del esfuerzo cognitivo constante de gestionar la vida doméstica. No sólo de ejecutar tareas, sino de preverlas, organizarlas y darles continuidad. Es, en términos simples, vivir en un estado de alerta permanente. Una suerte de vigilia doméstica. Un trabajo que no se reconoce como tal, pues no hay salario, no hay horario, no hay descanso. Tampoco hay reconocimientos. Es una labor que se diluye en lo cotidiano, confundida con el amor y la responsabilidad.

Culturalmente esto no es casual. No se trata sólo de tareas, sino fundamentalmente de significados. Casi desde siempre, el cuidado ha sido asignado a las mujeres como una extensión natural de su condición. No como carga, sino como deber moral. No como trabajo, sino como vocación.

El núcleo del problema se sostiene en que la carga mental no es solo una acumulación de tareas, es una estructura cultural profundamente arraigada. No se impone, se aprende y se reproduce. Desde niñas, muchas mujeres son socializadas para anticipar necesidades, para cuidar, para sostener. No se les enseña solo a hacer, sino a pensar por otros. A esto se opone a un orden público, constituido por la producción y el trabajo remunerado, que ha sido diseñado bajo la lógica opuesta del individuo sin cargas y sin responsabilidades domésticas. Un modelo, en esencia, masculino.

Cuando las mujeres ingresan masivamente a ese universo público, no lo hacen en igualdad de condiciones. Lo hacen cargando una segunda jornada. La carga mental que no se queda en el ámbito privado, la acompaña y condiciona en todo momento, generando estrés, ansiedad, agotamiento crónico, culpa, frustración. La sensación de estar siempre en deuda. Porque en la lógica de la carga mental siempre hay algo pendiente. Genera un estado que se percibe como un ruido de fondo permanente. 

Su característica principal es la invisibilidad. Lo que no se ve, no se discute. Lo que no se discute, no se transforma. Así, la carga mental queda fuera de las negociaciones cotidianas, incluso en parejas que se perciben como igualitarias. Porque repartir tareas no es lo mismo que compartir la responsabilidad de pensarlas. No se trata de “ayudar” en casa, sino de ser parte de la arquitectura completa del cuidado, desde la planificación hasta la ejecución. De lo contrario, la desigualdad persiste, aunque adopte formas más sutiles. 

No existe ese equilibrio perfecto entre trabajo, familia y vida personal. Lo que existe es una negociación constante, muchas veces desigual, sostenida a costa del bienestar. Aquí es donde el problema deja de ser doméstico y se vuelve político. Porque no se trata de decisiones individuales, sino de estructuras sociales. De modelos laborales que no contemplan el cuidado. De políticas públicas insuficientes. De una cultura que valora la productividad, pero invisibiliza aquello que la hace posible.

Como ha señalado la filósofa Nancy Fraser (Baltimore, 1947), es necesario situar el cuidado en el centro del debate social. No como un asunto privado, sino como una cuestión pública, como un eje de justicia. Esto implica un cambio profundo. No basta con repartir tareas, hay que redistribuir el sentido. Reconocer que sostener la vida es también una forma de trabajo. Y que, como tal, debe ser visible, valorado y compartido. Porque mientras siga siendo invisible, seguirá recayendo sobre las mismas de siempre. 

Por Mauricio Jaime Goio.

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